Sábado, 19 de agosto del 2017

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Está en: Opinión Amigos

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Le vi más triste. Apenas habló. No quiso darme ni cuentas ni cuentos. Murmuró lo más bajo que pudo pero aún así se hizo audible. Echaba pestes de un amigo común. Posiblemente uno de sus mejores amigos. Estaba realmente triste; más por el desengaño y el engaño que por la deuda no satisfecha.

Me contó despacito su pesar. Sin quererlo decir pero también sin quererlo guardar ni un minuto más. Me habló de su espera en silencio. Del desinterés del  otro para cumplir su parte del compromiso. De sus repetidas mentiras, de sus constantes largas y sus cuentos chinos que él  ya recibía con el sonrojo que no aparecía en la cara del otro. Tosió profundo y siguió hablando de la personalidad liviana del que consideraba su amigo durante muchos años. Al que ayudó en muchas ocasiones, al que respondió puntual a sus continuas demandas y atendió sus faltas como empresas de enmienda obligada. Creía que era lo que correspondía ante un amigo, compañero de fatiga y batallas descoloridas por el tiempo.

Durante años, quiso entender las excusas. Hizo de tripas corazón cuando la razón desistía de tanta patraña. No quiso percatarse del abuso, ni hacer uso del que conoce los secretos que tienen todos los gigantes de barro. Esperó creyéndole incapaz de que le atormentara con sus propias necesidades. De que hiciera oídos sordos a la legítima reclamación y que incluso se mofara de la urgencia de sus necesidades. Pero ya no cabe duda de que no quiere. Sí, simplemente no quiere. No se trata de que no pueda, simplemente se cree que tiene el derecho de ningunearle por la sincera razón de que confiara en él. Que dejara el acuerdo en la intimidad, que prescindiera de un contrato en lo que ambos entendieron sellado con su amistad. Como tantas otras veces. Como una infinidad de secretos que recorren sus neuronas pero que no han alcanzado ni juzgados ni prensa.

Me miró ampliamente desencantado. Entendió que lo peor  de todo no ha sido perder el fruto de su trabajo sino descubrir que quien consideraba su amigo era simplemente amigo suyo. Que por mucho que tuviera, que aunque le sobrara a raudales, no iba a atender su obligación porque simplemente no lo consideraba necesario para sus propios intereses. Como tantos otros habían dicho, como tantas otras veces había hecho.

Le miré con una sonrisa, alejándome de su pesarosa insistencia. Les conozco demasiado bien a los dos para pensar  que ese es el final de esta historia. Aunque me apena saber que los intereses van a ser muchos mal altos que el principal. Como pasa en todas las deudas que se gestionan mal y se alargan en el tiempo. Allá ellos.


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