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Amigos

En estas fechas tan familiares, tan propicias para buscar la concordia y sumergirse en la nostalgia, me apetece también rebuscar en el baúl de las relaciones. Yendo a la que, quizás, sea las más valorada, por encima, incluso, de las familiares y pasionales. Se suele decir con frecuente aquello de que son más que hermanos, que se llevan muy bien, que son como amigos. O los padres o madres que quieren poner por encima de la relación jerarquizada y de responsabilidad que tienen por definición con sus hijos la que ellos han hecho de amistad. Esa cara de satisfacción que se les pone cuando dicen que ellos son amigos o amigas de sus hijos o hijas. Alguno/a/s presumen incluso de salir de ligues, copas y demás vicios con ello/a/s.

La amistad se ha elevado a la categoría suprema. Pero como todo lo bueno, no es nada fácil disfrutarla con absoluta libertad ni seguridad. Los virus de la amistad son mucho más viejos que los de la informática y tan peligrosos como aquellos. Nadie escapa a esos riesgos. A las incertidumbres de confiar en la persona equivocada, en considerar amigo al que apenas alcanza la categoría de compañero, o el dejarse arrastrar por las intenciones del enemigo oculto. La voluntad de ser buenas personas, el creer que todo el mundo es bueno y respetuoso, nos lleva, a veces, a llamar amigo a cualquier persona con la que hemos hablado unas cuantas veces y hemos compartido un par de ratos. A veces, incluso, nos dejamos arrastrar más todavía por el convencimiento de que dando el primer paso, actuando como amigos, conquistamos la reciprocidad de forma inmediata y gratuita. Todo eso, presiento, no es sino la antesala de la decepción.

Está claro que tenemos que mantener relaciones de buena vecindad,  de respeto por todo el mundo, de auxiliar al que lo necesita en situaciones extremas  y de asistir a los que nos reclaman nuestra ayuda. Eso es ser social. Ser una persona, vamos. Sentir empatía por los demás, y dejar que aflore nuestra condición de humanos frente a los otros. Y que pensemos también en todas esas cosas buenas que proporciona esa actitud, ese comportamiento, esa educación, a  todos. La garantía que es para la sociedad que todos y cada uno de sus individuos se implique en el bien común, en el respeto de los demás. Pero eso no es amistad, y sí entra más en la esfera del compañerismo, en facilitar la labor del otro, como proyecto de entendimiento emocional y empresarial. Pero, repito, no es amistad.

Los amigos, los verdaderos amigos, los podemos contar con los dedos de las manos. A veces, ni tan siquiera agotamos los de una. Otras, las más desagradables, no partimos del primer dedo porque no hay amigos que contar. Conozco a muchas personas que no tienen un amigo. Ni dentro ni fuera de su casa. Que vive la vida atormentada por esta carencia. Que enloquece cada vez que tiene que vaciarse ante sí misma, por la imposibilidad de poder hacerlo con la complicidad de un amigo. Que se pudre en sus propias contradicciones, sin ser capaz de salir de sus límites, para encontrar más respuestas que la que le dan sus propias experiencias y principios. Es un proceso doloroso que se retroalimenta y acaba en la infelicidad. Están, claro está, los profesionales, los que te ayudan a salir del agujero. ¿Pero para ir adónde? ¿Volver a la soledad emocional?

¿Cómo se busca un amigo? Nos enseñan a buscar trabajo, a ser buen compañero e, incluso, se publican manuales para encontrar novios y novias e, incluso, manuales para llegar al coito al mismo tiempo y de forma placentera parecida. Pero nadie te enseña, ni te orienta, ni te inculca qué valores hay que desarrollar para atrapar  un amigo y conservarlo durante toda tu vida. Realmente, creo que no lo hay. Que esa palabra tan prostituida y frecuentada sólo tiene sentido precisamente cuando nace del absoluto desinterés y de ninguna pretensión. Que es una relación que nace como un chorrito de agua en las altas y frías montañas y que nunca se sabe si acabará siendo una mera mueca que desaparece al primer rayo de sol o llegará a formar parte del mar impersonal, o en cambio, será molécula fundamental en las corrientes de ríos caudalosos y permanentes. No se sabe, ni creo que existe ese amigo “0 negativo” que puede ser el amigo ideal de cualquier persona, ni tampoco lo contrario, aquel que no puede ser amigo de nadie. No lo creo, me parece que va de otra cosa. Que es cuestión de química y de niveles relacionales todavía poco estudiados o nada investigados. Que tiene que ver mucho con la telepatía y esas cosas. Que dos personas se encuentran y empiezan a transmitirse, y se retroalimentan y siguen enriqueciendo la relación hasta que están cogidos en niveles de entendimiento mutuo e interdependencia que no necesita estimulaciones sexuales ni placenteras exógenas para eternizarse y ser armónicas. Son relaciones a las que se acude para buscar paz. Para disfrutar de la tranquilidad, un espacio en el que no hay que hablar para sentirse entendido y valorado. Donde no existe la envidia, ni el tiempo, ni la maldad. Posiblemente, la amistad sea el único reducto histórico que ha escapado  a la aculturación promovida por los bárbaros de todas las razas y condición.

Abro las manos, mis grandes manos y mis largos dedos. Miro mis dedos. Aproximo mi izquierda, mi mano fuerte de zurdo entrenado, y atenazo entre sus dedos el pulgar de la derecha. Pienso un nombre. Medito.  Me dejo llevar, examino, examino, examino. Tengo un nombre. Sí, tengo un amigo. Lo vuelvo  a intentar, cambio de dedo, también. Cojo, ahora, el dedo corazón, descarto un nombre, descarto a otro del que estaba convencido hasta hace poco y a un tercero que conocí en mi infancia rural y alegre. Y, detrás de esa criba, llena de falsos amigos y enemigos enquistados, aparece su cara sonriente, su cuerpo menudo y su pelo enredado. Recuerdo exactamente el mismo momento en el que le vi por primera vez, cuando eramos dos niños sin alfabetizar en aquel pueblo llamado Tías, del que sorprendía tanto que le llamaran Tías como que le llamaran pueblo. Puedo estar mil años sin verlo, sin hablarnos, y volver al encontrarlo y al segundo, superada la laguna del tiempo, caer, de nuevo, en un pozo infinito de confianza. Sigo contando, apenas agoto la mano derecha, no intento buscar amigos en la siniestra, en contar desplazando el dedo gordo, que en mi caso no es tan gordo, por el resto. Me agota el recuento porque en cada uno que anoto hay cientos de caras que me vuelven como ejemplo de fracasos de amistad, llena de hombres y mujeres que me dieron pesadillas mientras pedían cañas a mi lado ocultos bajo el manto de una amistad inexistente.

Es verdad, se puede vivir sin amigos. Hay quien lo ha sufrido ya. Algunos hasta sin darse cuenta. Algún otro, incluso, presumiendo de no tener amigos, en una exhibición narcisista del que se siente el mejor, el más fuerte. Es verdad, también, que idiotas ha habido siempre.

Piensa, rebusca, encuentra a tus amigos.  Pero no vale contar a compañeros que sólo sean eso, a colegas, a vecinos, a familiares ni a conocidos históricos.  Sólo valen aquellas personas que te dan la absoluta seguridad de que te entienden y que lejos de una relación de amor, sexo, o drogas te ofrece un campo de armonía y paz. ¿Hay alguno? ¿Avanzas entre tus dedos?  Sigue intentándolo.

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