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La gran ventolera

 

La presencia de la bandada de buitres en cualquier lugar era la indicación más clara de que había cerca un animal muerto. Estas aves carroñeras nunca faltan a su cita a la hora del almuerzo. Les va en ello la vida. Esas personas que se ceban en la desgracia del otro o convirtiéndole en un desgraciado tampoco faltan a su cita cuando huelen una oportunidad de negocio. Los vimos en vuelo rasante, tocando puerta por puerta, en busca de terrenos a muy bajo precio cuando vislumbraron la aparición del fenómeno turístico y compraban como rústico, a tres pesetas, aquello que ellos ya sabían que costaba un potosí.

Ellos tenían la información y el dinero, los otros sólo sus tierras y hambre. Aquellos se llevaron sus tierras y le dejaron con su hambre y tres pesetas. Aquellos revendieron por 20, 30, e incluso más de 100 veces más caros esos terrenos a los fulgurantes inversores turísticos. Ni respetaron a la gente, ni el territorio. Compraban, compraban y compraban y vendían y vendían y vendían, consiguiendo por el camino unos márgenes que los llevaron de la nada al todo. De la pobreza común de la isla al olimpo de los ricos, de la mariscada y el Don Perignon.  Comenzaron en Puerto del Carmen y, cuando se acabó, repitieron la operación en Playa Blanca con igual o más éxito, que ya había experiencia en el método y más poder para presionar o chantajear a los que no cedían sus tierras a unas "generosas" limosnas.

 Hasta lugares impresionantes y protegidos como Papagayo y el Monumento Natural de Los Ajaches se vieron amenazados por aquella "fiebre de la aulaga seca" que convertía eriales en verdaderas fortunas, muy a pesar de sus propietarios que se quedaban sin las hijuelas transferidas por sus antepasados y veían como el que vino de benefactor revendía y se enriquecía con su burlesca operación. No se respetó nada y todo se hizo por nuestro bien. El turismo era trabajo, riqueza y todo eso y a él, como a los dioses, le teníamos que ofrecer todos nuestros bienes ya fueran paisajísticos, patrimoniales o no para que los listos de siempre vivieran como reyes.

 Ahora, parece que vuelve a subir la calentura en estas tierras. Sofocada la fiebre del turismo y su mangoneo urbanístico inmobiliario, nos amenaza la fiebre del viento. Y, compañero, tampoco hay remedio. Hay que cederlo todo para que sus promotores nos concedan el bien de las energías renovables, cediendo los pobres sus terrenos para que los ricos puedan seguir haciendo dinero a mansalva. La ventolera convierte los molinos de viento en los enemigos de esos quijotes y sanchos que han venido manteniendo sus tierras por el deseo de conservar lo que sus padres y abuelos agenciaron en una isla donde la agricultura les salvó del hambre pero les hizo esclavos de la tierra.

Cuentan para ello, con un estado colaborador, como siempre, con el abuso. Se le da al especulador de turno la opción de la "utilidad pública", que es la simple declaración que hace la administración para que el promotor se pueda quedar con tus terrenos sin negociar precio y, a veces, sin ni tan siquiera mediar palabra. Le basta con la declaración administrativa de "utilidad pública" para expropiar a precios de risa, los que corresponden a algo que no vale nada para ellos, y convertir esos mismos suelos en apoyo imprescindible para sus aerogeneradores de riqueza. Así de sencillo. Y no es un futurible.

En Tías, sin ir más lejos, SATOCAN energía ya ha redactado proyecto y solicitado la declaración de utilidad pública para hacer una inversión de unos cinco millones de euros, para poner dos molinos con una altura de tres veces el Arrecife Gran Hotel, en la zona de Las Quinzuelas, en la zona comprendida entre Los Topes, en Tías,  y el Punto Limpio, en Puerto del Carmen en los terrenos de propietarios  que se enteraron de sus intenciones por casualidad. Ni hubo comunicación ni contacto de la mercantil con ellos, ni tampoco la administración les comunicó oficialmente y de forma individualizada el proyecto que afecta tanto a su propiedad como que dejaría de ser suya al finalizar el procedimiento.

Este de la utilidad pública es el método más agresivo que están usando las grandes empresas, que viene avalado por la normativa estatal pero que necesita de la demostración de unas condiciones que se tienen que argumentar siempre. Y no vale cualquiera cosa. Y lo digo especialmente para aquellos que podrían caer en la pregunta retórica de que si queremos o no energía alternativa. La respuesta es franca y convencida: ¡Síííííííííííííi! Pero inmediatamente devuelvo otras con la misma carga de profunda. ¿Nos queremos cargar la isla?¿Vale todo en nombre del negocio de los aerogeneradores como nos intentaron decir con la fiebre del turismo?¿En esta isla el atractivo son los molinos o el paisaje? ¿Están los molinos por encima de los impactos contaminantes del paisaje? No, no, paisaje, no. Las cuatro preguntas mías y mis cuatro respuestas. Sí a los molinos pero con sentido común. Está bien que se haga un mapa de vientos, que se sepa en qué partes de la isla hace más viento. Pero también estaría bien que ese documento, que ya está elaborado, no sólo lo conocieran los promotores y especulares de siempre sino que también se informara a los propietarios de los terrenos afectados, para que sepan, cuando se les presenta alguien a comprarles sus terrenos en el tiempo que va desde su planeamiento hasta la aprobación, que no vienen a hacerle un favor o a regalarle unos euros a cambio de algo que no vale nada, sino que quieren comprar terrenos que van aumentar su valor de forma considerable por estar vinculados a proyectos de energías renovables.

Zona de fincas afectadas por el proyecto del parque Eólico Maresía II promovido por la mercantil SATOCAN ENERGIA S.L.

Una administración honesta evita muchos abusos. Es verdad que para eso hace falta unos políticos honestos, pero no vamos a dudar ahora de nadie. Y, por supuesto, lo que no está nada bien es usar esos mapas de viento sin trascendencia jurídica hasta que no se apruebe el futuro nuevo Plan Insular de Ordenación de Lanzarote como si ya estuvieran en vigor en solicitudes de declaración de "utilidad pública". Eso es muy feo que se haga y mucho más feo que se acepte por parte de la administración encargada.

Si ya sabemos cuáles son las zonas más ventosas y con más horas de viento al año en la isla, queda jerarquizarlas de acuerdo con las normas de protección de nuestro territorio e impacto visual de las mismas. De forma que por mucho viento que haya en un lugar especialmente sensible, ahí no se pondrían molinos porque la energía, como todo, no es un bien absoluto sino que está condicionada a un análisis global de la sostenibilidad de la isla. ¿Es sostenible cargarse zonas de máximo interés? ¿Es sostenible llenar la isla de molinos porque sea rentable para los especuladores de siempre? ¿Es sostenible valorar en los estudios de impacto ambiental nuestras zonas más fértiles, como puede ser la costa de Tías, como zonas agrícolas abandonadas? ¿El objetivo es tener aerogenadores como bien supremo o mejorar nuestra calidad de vida regulando la presencia de estos y otros artefactos de la mejor forma para conservar nuestro paisaje, singularidad e idiosincrasia?

Sorprende también que los políticos de turno se desgañiten hablando del sector primario y de su gente, diciendo que les defienden y apoyan y después acaban siempre dando cobertura al expolio de sus bienes y posibilidades. Y siempre se repite la historia. Cualquier decisión que podría significar un mejor reparto de la riqueza, acaba siempre en una mayor concentración de la misma ante la mirada cómplice de las administraciones. Pasó con el turismo, movido en la nebulosa de unos cuantos especuladores, pasó con las viviendas vacaciones que tenía como propósito abrir el turismo a  la sociedad, con la aportación de modestas viviendas al alquiler turístico y ya lo dominan los de siempre que acumulan viviendas que denominan así y, ahora, le toca al viento.

Ahora, cuando oigamos silbar al viento en nuestras casas, no sólo tenemos que meter las macetas, recoger las mesas y sillas de la terraza y tener cuidado que no nos lleve a nosotros con su fuerza. Ahora, digo, tendremos también que darle dos vueltas de llave a la gaveta en la que tenemos las escrituras, hijuelas o contratos de compraventa de las fincas porque estas ventoleras de aerogeneradores de riqueza amenazan con levantárnoslas sin ni siquiera mediar palabra. Al final, todo acaba siendo fruto de un malviento, porque los personajes y la administración tóxicos siguen existiendo. ¡Qué desgracia, coño, no les basta con monopolizar también nuestro característico viento, quieren también quitarnos el suelo. Al final nos dejan sin nada a qué agarrarnos, a la merced de ellos. ¡Cómo siempre!

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