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Una integración imperfecta

¡Comienza el baile! (XIII)

Son las cuatro de la mañana. Sinceramente, estoy dudando si seguir escribiendo o volverme a la cama. Precisamente por eso, continúo escribiendo. Si me estuviera durmiendo, tampoco dudaría en volverme a mis aposentos ( de verano y de invierno). Pero, en cambio, no hay mejor estímulo para escribir que la duda. La certeza es más perezosa, no se presta a interpretaciones. Es, y punto. Sinceramente, ponernos a filosofar sobre por qué dos más dos son cuatro, o siete menos siete, nada, no es lo mismo. Aunque por supuesto que habrá quien tenga dudas, y conocimientos extraordinarios, para indagar y cuestionar hasta la propia subjetividad de los signos matemáticos que hoy damos universalmente como una verdad incontestable. Yo prefiero, en cambio, amanecer enredado entre partidos y expectativas electorales montadas en un puzle imaginario con forma de Lanzarote.

Y ya puestos a dudar, me produce una enorme curiosidad indagar el porqué los políticos lanzaroteños nunca han afrontado, sin fecha establecida para la corrección del que entiendo un error, la integración como un fenómeno esencial para alargar sus graneros de votos. Todos hablan de la trascendencia de Arrecife, que ha ido perdiendo porcentaje del total de la población con respecto al resto de la isla, sin verse afectada como lugar de máximo interés electoral. Aunque, sinceramente, de poco le ha servido a su población, que descubre todos los días una ciudad con todo los inconvenientes de un pueblo y ninguna ventaja de la capitalidad. Tanto es así, que el desanimo les llega también hasta el día de las elecciones, donde apenas el 50% del electorado se acerca a los colegios convertidos en urnas. Pero, a pesar de todo, Arrecife es la principal referencia en boca de analistas y asesores partidarios, y principal campo de batalla de los partidos, más allá de las paredes del Cabildo, que monopoliza, en gran medida, la contrastación de ideas e improperios partidistas.

En la actualidad, Arrecife ni tiene la mitad de la población de la isla ni tampoco la mitad del censo electoral.  De los más de 147.000 habitantes que tiene la isla, apenas unos 59.000 tienen su residencia en la capital.  La merma de la capital también queda reflejada en el censo electoral de la isla, donde, de los 93.735 electores, apenas 40.923 se esconden detrás de las puertas que los políticos aporrean en Arrecife cada víspera electoral. En cambio, la suma de los cuatro municipios donde se localizan las tres zonas turísticas y la ciudad dormitorio de Playa Honda, supera a Arrecife en población, 76.366 residentes, y también en electores, 44.870.  O sea, frente a los 59.000 vecinos de Arrecife,  los turísticos residenciales ponen 76. 366, más de 16.000 más.  Pero es que también aportan 4.000 electores más.

Está claro que los políticos tradicionales y también sus asesores conocen que en las franjas turísticas de esos municipios y la parte más residencial de San Bartolomé la abstención es todavía mayor que en Arrecife, superior, incluso, en zonas hasta el 70% de largo. Pero también deberían saber que el cambio más importante, con respecto a las décadas pasadas, es que esta población ya no es mayoritariamente recién llegada, ya no es insensible ante los acontecimientos insulares y ya no vive exclusivamente para disfrutar del trabajo,  y los ingresos que le proporciona, que consiguió en la isla y que no tiene en su lugar de  origen. Es una población eminentemente inmigrada, muchos peninsulares, algunos canarios, pero también muchos extranjeros que no sólo tienen cédula de residencia en el municipio sino también derecho a votar. Además, los llegados en los años ochenta y noventa, ya no sólo tienen hijos sino también más votantes en el seno familiar.

No saber interpretar ese cambio sociológico, quedarse anclado en la población oriunda, con una camaradería local que aleja más al nuevo residente, y haber caído en el convencimiento de que la demanda de servicios ( y cariño, muchas veces) de esa población son insignificantes se convierten en la principal debilidad de los político tradicionales locales. No sólo más de la mitad de la población escapa a esos parámetros de confort político que se han disfrutado hasta ahora, también más de la mitad los electores. Se convierten así, en el flanco más débil para cubrir las expectativas electorales. No sólo por el castigo previsible de los electorales habituales que muestran agotamiento o hartazgo por las políticas llevadas a cabo, sino también por una previsible dilatación de la participación de este electorado, que ya dio cuantificables señales de movimiento en las elecciones pasadas.

En la isla, al margen de las políticas llevadas a cabo en el seno de los colegios para facilitar el tránsito curricular de los nuevos residentes, ya fueran chinos, marroquíes, búlgaros o ingleses, entre otros muchos, se ha apostado más por dejarlos vivir en paz, sin que crearan problemas (objetivo que se ha conseguido, indudablemente ), que por integrarlos.  No se ha hecho nada por hacerlos partícipes de la forma de ser de los lanzaroteños, de los canarios, por mimarlos y protegerlos de la misma manera que se cobija al local, como si se partiera del hecho que no eran parte de nosotros. Como si se diera por hecho de que era una masa amorfa, en continua renovación, con masivas entradas y salidas compensadas, que les impedía tomar conciencia y lo que es más grave, para los dirigentes, tomar conciencia electoral.  Ahora, con los partidos emergentes, muchos de ellos ven una válvula de escape a la asfixiante cortina institucional local que les hace partícipes de todas las obligaciones locales, especialmente las tributarias, y les olvidan a la hora de proporcionarles derechos, servicios y satisfacciones varias.

 Esa realidad está ahí fuera. Y los primeros en verla han sido los pequeños líderes o iluminados locales, fuera de las organizaciones políticas tradicionales y grandes en la isla, que han creado pequeños partidos independientes en estas zonas alentados por estar carencias. Ejemplos como el partido de Manuel Rodríguez, en Playa Honda,  que reparte cariño y servicios a los habitantes desde sus bares, convertidos en sus improvisadas sedes electorales, y el propio San Borondón, de Jerónimo  Robayna, que se acerca a su electorado en las zonas turísticas de Puerto del Carmen y Playa Blanca, son intentos marginales de integración electoral de votos hasta ahora exentos de urnas.

Si en estos cuatro municipios, con más de la mitad de habitantes y electores, en las próximos comicios se mantiene el crecimiento en participación electoral se puede dar un vuelco singular en el panorama político. Mas cuando Arrecife se va a repartir en trozos más pequeños de tarta para comensales más iguales y numerosos en su capacidades de captación de votos.

Sigo dudando, pero, por hoy, ya dejo de escribir.

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