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Hasta siempre, Arturo

Hay personas que conoces por casualidad, con las que compartes momentos suficientes para saber que tienen garra, formación y pasión para transformar sus sueños en metas y estas en realidad. Por eso, no me sorprendió mucho el día que nuestro amigo y compañero común, Antonio Morales, me dijo que Arturo Escarda, el nieto de unos "niños de la guerra" que residían en Moscú, era corresponsal de la Agencia EFE. Antonio y yo le conocimos aquí, cuando estuvo trabajando para la Voz y Crónicas, y, además, en los momentos difíciles de la crisis económica, que fue muy dura para él porque coincidió con la muerte de su jefe, Agustín Acosta, y meses sin cobrar, en una isla en la que estaba solo, sin ningún apoyo familiar, a pesar de que tenía muchos y grandes amigos. En ese tiempo, cuando incluso para comer tenía que hacer verdaderos esfuerzos, porque tenía que trabajar para no perder los derechos, pero acababan los meses y no llegaba la paga, mantuvimos cierta relación profesional a la sombra de lo que fue El Horizonte, una revista que yo dirigía y para la que colaboró en esos momentos.

 A pesar de las necesidades del momento, tenía una integridad y profesionalidad a prueba de bomba. Hablaba con verdadera pasión de esta profesión, el periodismo, y de sus objetivos. Quería volver a Rusia, país en el que nació y pasó su infancia, y ser corresponsal de EFE. Y me hablaba de las bondades de Rusia de todas las maneras. Menos en ruso, aunque él lo hablaba perfectamente y yo no supiera ni una palabra. Y esa era una de sus fortalezas para sus aspiraciones. Pero también lo eran su enorme capacidad de sacrificio, su incuestionable capacidad profesional y su denodada entrega. Por eso, no me extrañó nada cuando su querido amigo Antonio Morales ( al que paseó por Moscú y San Petersburgo) me dijo años atrás que estaba de corresponsal en la Agencia EFE en Moscú. Y me alegré mucho por él. No sólo porque hasta en Moscú es bueno tener amigos, sino, fundamentalmente, porque es una prueba de que todavía con ganas, esfuerzo y tesón los sueños se pueden hacer realidad.

En cambio, cuando me dijeron que se ahogó hace unas horas, ayer, en Famara, me embargó una enorme tristeza. No daba crédito. Me parecía irreal que aquel chico, de cuarenta años hoy, que yo conocí años atrás lleno de vitalidad y de ganas de triunfar y demostrar sus capacidades ya se haya esfumado de su escena ideal. Que ya no esté disfrutando entre redacciones, crónicas, entrevistas y encuentros informativos, documentando sus trabajos con esa sensibilidad que tenía por la historia y la verdad y que nos deje una Rusia más fría, que pierde este otoño su hoja más lanzaroteña y conocida por aquí.

Hacía tiempo que no sabía nada de Arturo. ¡Qué pena que cuando volvió a disfrutar de esta isla, que era su preferida, en la que pasó grandes experiencias, que compartió con muchos de nosotros, Famara se le atragantara en un tarde desgraciada!  

Me uno al dolor de sus familiares y amigos de allí y de aquí. Descansa en paz, Arturo. ¡Hasta siempre!

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