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Volvamos a mirar al cielo nublado con ilusión

Hasta no hace tanto, una de las alegrías más intensas de esta ciudad era la lluvia. Ver llover, en un lugar al que el agua llegaba casi siempre por barco, se convertía en una verdadera fiesta de los sentidos: el crepitar de la lluvia, el olor de la tierra mojada —que hacía del aire un alimento—, el paisaje tendido bajo las nubes. Lluvias de alegría, alegría de canales resonantes, de aljibes llenos, de veranos con reservas aseguradas para el día a día familiar.

 

No hace tanto de aquellas fiestas del agua. Sin embargo, en este Arrecife que nos están dejando, en este Arrecife cansado, la realidad es muy distinta.

Casi no hay memoria de las lluvias de alegría. Ya no está la mirada alegre de quienes recibían el agua con caños y alcojías abiertos. Ahora lo que podemos ver son ojos asustados y miedo. Ahora sentimos el deseo, por culpa de malos

gobernantes, de que el invierno sea seco y el otoño un nuevo verano. Que una ciudad como Arrecife desee —sinceramente— que no llueva, es síntoma de alguna enfermedad grave a la que habría que poner nombre. ¿Arrecife es hoy una ciudad enferma? La dejadez de unos y otros han debilitado a la ciudad, que hoy prefiere vivir de espaldas al agua para no sufrir sus estragos. ¡Estragos de la misma agua que hace sólo unas décadas era la bendición mayor!

 La enfermedad de Arrecife viene de la dejadez y del abandono. No es posible que una red de saneamiento pensada en 1950 para apenas treinta mil habitantes —concebida a partir de la tecnología de la época—, deba responder ante las necesidades de una población cinco veces superior y setenta años después. La enfermedad de Arrecife se encuentra, también, en la pérdida de tecnologías tradicionales repletas de sabiduría: los aljibes cerrados condenan a esa misma red a recibir, cuando llueve, la riquísima captura de aguas que brindan los tejados y azoteas. La enfermedad de Arrecife la diagnosticamos también a partir de un desarrollo urbanístico insostenible: las calles que se crearon para veinte casas unifamiliares soportan hoy la presencia de edificios con veinte viviendas cada uno. La enfermedad de Arrecife ha llegado por construir en las zonas de aluvión de las barranqueras tradicionales, de los desagües naturales de la propia Isla. Y nadie ha querido sentarse a pensar a corto, medio y largo plazo una planificación urbanística contemporánea para la gestión de las lluvias, para la gestión de las aguas negras. Las intervenciones más recientes en materia de aguas en la capital —la del Gobierno en 2007, la del Gobierno y el Cabildo en Argana en 2011— no han logrado enmendar el problema gravísimo que la ciudad soporta cada vez que comienza a llover con un poco más de fuerza de lo habitual —y justo en el momento en que precisamente lo inhabitual parece convertirse en nueva norma.

 Creo, modestamente, que ha llegado la hora de un cambio definitivo y profundo. Es la hora de un cambio de modelo. La hora de implantar un nuevo paradigma para Arrecife en lo que tiene que ver con el agua. Debemos convertirnos en una ciudad que sea capaz de diseñar y proyectar su propia infraestructura hidráulica, con una dimensión adecuada y capaz, que sepa imantar tecnologías innovadoras y rentables, y que logre que problemas históricos como los de Cuatro Esquinas, Portugal o Gómez Ulla se conviertan en eso, en un recuerdo del pasado. Arrecife tiene la obligación de planificar su gestión de aguas para los próximos cincuenta años, porque a nadie le puede caber ninguna duda de que se trata de cincuenta años decisivos para la capital y para Lanzarote. Europa, España y Canarias están aguardando para aportar fondos que de una vez por todas solventen los problemas de Arrecife con la gestión de las aguas pluviales y las aguas fecales.

 Los arrecifeños merecen ya, desde ahora, una ciudad que aproveche su condición de vega insular para crear, en las antiguas escorrentías, los espacios de convivencia y ocio que precisa una ciudad moderna y habitable. Arrecife volverá a mirar los cielos de invierno con alegría, y aguardará con ilusión la llegada de las lluvias para ver como sube el nivel de sus «Caminos del Agua». La alegría de la lluvia se unirá al hecho de que esos caminos naturales servirán para volver a reunir en una continuidad comunitaria los barrios que la ausencia de planificación contribuyó a separar. ¿Les suena de algo? Se trata de intervenir en los espacios a los que la propia naturaleza ya dotó de sentido para ponerlos al servicio del disfrute de los ciudadanos.

 Soñemos con esos «Caminos del Agua» que se transformen en pulmón verde para la capital, hagamos realidad zonas de ocio al aire libre para jóvenes y mayores, construyamos juntos espacios libres y abiertos que desahoguen una ciudad masificada. Hagamos que la ciudad sea bonita, agradable, amable y cercana: es tan sencillo como volver a ofrecer a la lluvia un paso hacia el mar.

 Hablo de sueños, sí, y de ilusiones, sí, pero que están mucho más cerca de lo que parece. No son castillos en el aire, sino proyectos reales, posibles, asumibles y transformadores. Proyectos pensados y diseñados por expertos, construidos entre todos, para mejorar Arrecife y el bienestar de su gente.

Proyectos que van a convertir Arrecife en una digna Capital de la Reserva de la Biosfera. La ciudad con mejor calidad de vida de Canarias. Una capital de la que sentirnos, arrecifeños y arrecifeñas, orgullosos. Una capital que sea referente en el tratamiento sostenible de aguas. Proyectos que van a suponer un gran esfuerzo, y hasta una gran incomodidad mientras se desarrollen, pero que van a hacer de Arrecife la gran ciudad canaria del futuro. Hagámoslo. ¡Lanzaroticemos Arrecife! ¡Volvamos a mirar al cielo nublado con ilusión!

Echedey Eugenio, candidato de Coalición Canaria a la Alcaldía de Arrecife

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