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A toque de Nito

A toque de Nito, la iglesia de La Candelaria comenzó a recibir a un público entusiasta. Antes del repique de las campanas, los bancos de madera ya eran insuficientes para dar asiento a los inquietos recién llegados. Mayores, jóvenes, hombres y mujeres se daban cita con el entusiasmo que siempre se respira con la llegada de las fiestas de invierno que dan tributo a la mencionada virgen, patrona de Tías. No había misa, ni todos eran feligreses. Estaban allí para oír el pregón. Y todos sí eran camaradas, amigos, familiares o vecinos de Juan Manuel González Fontes, conocido por todos, desde su tierna infancia, por “Nito”.

No se trata de uno de esos pregones de gente extraña, de grandes calificaciones y pomposos modales. No, todo lo contrario. Es Nito, un hombre que merodea ya los sesenta años y que ha vivido toda su vida en Tías. Apenas a unas decenas de metros de la parroquia, en la que fue monaguillo, y en la que rezó novenas en su infancia, en aquel pueblo rural que fue Tías, donde los cantos de los gallos competían con los ladridos de los perros y los rebuznos de los burros por despertar al vecindario antes del alba. Un hombre que jugó al fútbol  y práctico lucha canaria (únicos deportes de la época en la que sus coetáneos entraban y salían un par de veces en sus adolescencias con la intención de ser puntales, porteros, estilistas o delanteros). Que acabó siendo chófer de tractores y camiones y que se involucró con un voluntarismo a prueba de bomba en grupos folclóricos, deportivos, asociaciones de fiestas y vecinales. Un vecino de Tías, sin más.

Desde hace unos años, el Ayuntamiento gobernado por el PP decidió convertir la iglesia de la Candelaria en el punto de inicio de las fiestas, leyendo allí el pregón, en lugar de hacerlo, como hasta entonces, en el  Teatro Municipal, o en el Centro Indieras, en la calle La Luchada.  Era una forma de llevar la fiesta al punto neurálgico de su origen. Junto con ello, puso en valor la lectura del pregón por vecinos normales y corrientes que contarán su vida y las de la gente del pueblo desde su propia perspectiva. Así, hace dos años, la lectura corrió a cargo de Mela Díaz y el año pasado fue Lázaro Martín, dos buenas personas, conocidas también por todos los que han vivido en el pueblo.  En los tres casos, la lectura ha sido un éxito, donde la emoción del pregonero contagia a una parroquia que se reconoce tanto en lo que dice como en el esfuerzo que hace para afrontar el reto de transmitirlo y compartirlo con ellos.

Habrá quienes alejados de la fe, cuestionen la oportunidad del espacio. Habrá quienes ajenos a las vivencias de una comunidad con enormes cambios sociales, no aprecien otra cosa que populismo barato. En cambio, a mí me produce una enorme satisfacción (como hijo de este pueblo y deseoso en mi infancia de que llegaran las fiestas de La  Candelaria) ver a uno de los nuestros contar la historia como él ( y todos nosotros) la vivió. Posiblemente no sea la mejor manera para una lección magistral, para optar a un premio de renombre internacional, pero es insuperable para invitar a disfrutar de unas fiestas locales, donde participan esencialmente los vecinos del lugar. No creo que haya nada mejor, en esos ratos de vísperas de fiesta, que oír a uno como tú recordando lo que vivimos nosotros o vivieron nuestros padres y abuelos. Sin academicismos, sin petulancias ni pretensiones, simplemente contando, con la voz quebrada, cómo hacían esto o aquello, las baladronadas de la infancia, las largas horas de pastoreo o los nervios que pasaban esperando para saltar al terrero a disputar su hombría con un semejante. Hoy, donde todo nos viene enlatado,  reconforta saber que fuera del móvil también hay vida inteligible. Y que está aquí, a un clic, perdón, a un paso de nuestras casas. No es mala idea soltar a uno de los nuestros  para que se zambulla en nuestra pequeña historia reconocible por todos y que nos empape con sus recuerdos que también son los nuestros.

 

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