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¿Por qué me votan?

Un elector deposita su voto en una de las urnas del colegio electoral de Tías.

Eso es lo que hay (Elecciones locales) (XXXVII)

 Me busca sin disimulo. Se me acerca como lo haría un sediento en pleno desierto, muerto de sed y convencido de que yo tengo agua. Me saluda de forma efusiva, me mira a los ojos y dispara.

-  ¿Por qué me votan? -  Le miro, intento sonreír y procuro relajarle.

- No te conocen, te votan porque no te conocen lo suficiente -  Le suelto casi riendo. Sin mediar gesto, ni aguantarse nada, soltó una sonora carcajada y su cara recuperó la elasticidad de siempre. Volvía a ser él, un hombre sin complejos, afable, dispuesto siempre a embarcarse en aventuras propias y extrañas, preocupado siempre en hacer algo, convencido de que la sociedad es más que la suma de infinitas individualidades y creyente confeso de que el espacio público sirve para algo más que para engordar delincuentes presentes o futuros.

 Sí, es un ser extraño, hasta el punto de sorprenderse de que sus vecinos le den el apoyo mayoritario. Lo normal, como me ha pasado en cientos de ocasiones en mis más de treinta años de profesión periodística, es que el político que sale elegido se te acerque radiante, convencido de que es la reencarnación de un ser superior y que, desde aquel momento, quedas sujeto a él por la sumisión más absoluta. Es, cree, el aire, que necesita toda su comunidad para respirar, cuando no deja de ser una triste equivocación colectiva que eleva a los altares sociales a un medrador impertinente.

No le digo a él nada de eso. Acabaría ruborizado y desconfiando de mí. Cualquier reconocimiento acaba considerándolo una alabanza impropia. Así que juego a la gallega, a contestarle con otra pregunta.

  • ¿Por qué en lugar de preocuparte por saber por qué te votan no me dices por qué quieres tú que te voten? Eres tú quien se presenta, eres tú quien les pide el voto, eres tú quien buscas al elector.

 

  • Sí, bueno, es cierto. Pero simplemente quería, quería que, bueno, te entiendo, ya estás con tus clásicas envolventes mientras piensas qué decirme. Vale, te voy a dar tiempo. Y te voy a dar también una contestación. Intentaré que sea breve. Me gusta, es verdad, sentirme útil, poder ayudar, converger en las soluciones y en sumar hacia adelante. Me gusta ser, es cierto, protagonista. Y me he dado cuenta que soy feliz cuando consigo que alguien lo sea también. Te puede sonar ridículo, pero es así. Y en la política, se te puede dar esa oportunidad, aunque es cierto que la mayoría accede a ella con el afán de enriquecerse, pavonearse y distanciarse de la gente poniéndose en un peldaño por arriba. Un compañero de partido me decía que la política era la carrera del emprendedor sin capacidad financiera o económica para emprender. Y me ponía hasta una docena de casos en Lanzarote. De gente que sin invertir un centavo, ni idear nada, han amasado verdaderas fortunas. Gente que no tenía propiedades, ni trabajo, ni formación, tenía, después de veinte o treinta años en la política medrando, casa lujosas, coches lujosos y propiedades repartidas por la isla a tutiplén. Y no, ninguno de esos nombres están en ninguna lista judicial. Fue especialmente exquisito para seleccionar a la docena de políticos que todavía se mueven en la sociedad conejera, algunos todavía en la política, criticando, incluso, a los corruptos confesos. Grandes sueldos, comisiones de viaje, tajada por allí y por aquí, amigos generosos, y loterías repetitivas como si el del bombo fuera uno del clan. Conozco eso y me da asco. Pero soy realista: si abandonamos los que no somos así, la cosa no será mejor. Estoy francamente convencido de que será peor.

 

  • ¿Y con eso no te basta para saber por qué te votan?, le replico, provocador.
  • No, no es suficiente, y lo sabes muy bien. A toda esa docena, a todos los demás que están imputados e, incluso, a los ya condenados también les votaron los mismos vecinos, u otros vecinos de estos. Aquí mismo, en las mismas urnas en las que mi nombre se ha repetido más que el de los demás candidatos, también ellos fueron mayoría. El hecho de ganar no te liberara de nada, ni te vacuna de nada, solo te da la oportunidad para hacer, para disponer de la hucha común. Lo que haga cada uno con ella, es una cuestión más compleja, donde se mezclan genes, presiones, pretensiones y compañías. No, ganar no me dice nada. Salvo que quieren que yo esté. Y, a veces, tengo miedo de que tengas razón. De que tu broma inicial sea toda una premonición: que no me conozcan lo suficiente, que piensen que yo puedo llegar a ser como aquellos, y que comparta con algunos de ellos mi botín.

 

  • Puede ser, tampoco lo descartes. También aquellos decían, como tú, que eran felices cuando les ayudaban, que querían servir a la comunidad, que estaban allí como un ejercicio de entrega que le liberaba de sus culpas mientras lideraba la sociedad. El discurso es el mismo.

 

 

  • Sí, bueno, pero ¿me vas a contestar o tú tampoco tienes ni puta idea de qué va esto? – me suelta con una sonrisa, peor dejando claro que la charla se acaba y quiere respuesta.

 

  • Esto no es un circunloquio. Sino el preámbulo necesario para colocar la respuesta salvadas las opciones perniciosas. Esa es una forma de ganar, nada legítima, pero muy habitual.

 

 

  • ¿Y…?

 

  • Vale, vale. Si tengo mi propia teoría. Es larga. Fruto de muchas jornadas de reflexión y respondiendo siempre a esa misma pregunta y otras dos: ¿Por qué vota alguien a un político concreto en la esfera local, próxima, donde tienen más oportunidades para relacionarse? ¿Qué cosa específica, de las muchas que hace un alcalde determina que se le vote o no? ¿Cuándo se hace irreversible una situación negativa? Tres preguntas, tres que son una, ¿Me votará o no me votará fulano o mengano estas próximas elecciones? Está claro que hay condicionantes ideológicos, de amistad, familiares y de la forma en que se exponga el candidato. Pero todas esas son reversibles, el familiar te puede dejar de votar, el de otra ideología te puede llegar a votar si penetras con éxito en su escala de valores, y demás. Todas son reversibles. Todas. Todas, menos una: la basada en el conocimiento del lugar y su gente y la empatía.

 

Si un hombre está pidiendo a gritos unos zapatos, no te va a votar porque le prometas o le des, incluso, el mejor traje del mejor sastre. No quiere un traje, quiere unos zapatos y no lo has detectado. Has hecho aceras, has hecho parques, has hecho pabellones y te has hecho un lío, pero no has conectado con él. Se siente marginado, excluido y sin zapatos ahora y siempre. En cambio, si te acercas a él, tú que eres de centro y él de izquierdas, y le preguntas qué tipo de zapatos prefiere que reparta el ayuntamiento entre los vecinos, se le encenderá una lucecita interior que le alumbrará el día. Lo has vuelto a convertir en un ciudadano con todos los derechos. Lo has sacado de la marginación para colocarlo en el centro de tu campaña. Tú ya eres su candidato. El hombre que quiere resolverle su problema, el hombre que sabe su problema. Quizás todos esos perversos abusaran de sus capacidades. Ya sabe que no hay estafador tonto ni que se te presente con una pistola. Se ganan tu confianza, hasta que pierdas todo. Pero eso ya no depende del elector, sino del elegido.

 

  • Reconozco que me identifico en ese planteamiento, en esa forma de acercarse a la gente, escucharla y actuar en consecuencia. En ver qué puedo yo hacer por ellas, no qué me pueden dar. Aunque reconozco también que me aproximo a la gente en periodo electoral, y el resultado es electoral, fundamentalmente. Me queda claro, pero me llena de dudas también.
  • Pero eso ya es otra cuestión, amigo. Y eso no toca hoy.

 

 

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