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El mar es de todos

De la lucha por preservar la tierra a la lucha por conservar el mar. A veces parece que el ser humano, o al menos una parte importante de la especie, está empeñado en trazar la senda hacia su extinción y mejor pronto que tarde.

 El 27 de septiembre de 2002, 10.000 personas salieron en la calle en Lanzarote para exigir “ni una cama más”. Sucedió hace una década, en tiempos de frases célebres, como la del político majorero que dijo algo así: “¿Desarrollo sostenible? Muy bien. Pero yo prefiero el desarrollo a secas”.

Entonces la amenaza venía de dentro, de un sector empresarial agresivo y ambicioso, empeñado en sacar hasta la última gota de sangre a una isla que comenzaba a mostrar síntomas de agotamiento turístico.

 De aquellos días nos queda una planta alojativa excesiva, moderna e ilegal, entrampada con la Justicia y que a duras penas logra llenar sus suites y piscinas a precios de saldo. Y algunos esqueletos de hormigón de hoteles que quisieron ser y no fueron, por mandato judicial.

 Pero volviendo a las frases para la historia, ninguna mejor para ilustrar la manifestación del sábado contra el petróleo -25.000 personas a una, rechazando la instalación de plataformas en aguas de Lanzarote y Fuerteventura- que la del célebre patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de La Graciosa y político local, Marcos Páez, quien sentenció: “El mar, como su propio nombre indica, es de todos”.

 No sé si la adjudicación de esas palabras a su presunto autor es cierta o forma parte de la leyenda urbana, pero lo que resulta innegable es la belleza y la gran verdad que encierran.

Sea o no el nombre el que lo indique, el mar es de todos. Y así lo viven y lo sienten los habitantes de esta tierra, que beben sus aguas y lanzan flores a sus pescadores muertos. Un mar que es fuente de vida y última morada.

 Podemos hablar de la mediana y las aguas territoriales, de autogobierno y soberanía popular; podemos recordar a los cetáceos y denostar las bolas de piche y las manchas de aceite; contar turistas insatisfechos y calcular el daño económico. Todo vale.

 Pero más allá de eso, amenazar la salud del mar que nos rodea es atentar contra el alma de la sociedad lanzaroteña, hecha de agua salada, sol y viento. Y contra su supervivencia.

 No podemos permitirlo. El 24 de marzo fue solo el comienzo. Defendamos nuestro mar, defendamos nuestro territorio. Digamos alto y claro, cada día de nuestra vida, no al petróleo.

 

En memoria de mi amigo Manolo, de la Casa del Miedo, quien durante años fue sonriente prólogo de tantos buenos ratos en la ribera del Charco y hoy duerme mecido por las olas.

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