Sábado, 25 de mayo del 2013

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Está en: Opinión Editorial ¿A qué esperas?

Editorial ¿A qué esperas?

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Ayer, apenas mil personas se manifestaron en el Parque Islas Canarias, en Arrecife, en contra de las duras medidas anunciadas por el Gobierno español y de obligado cumplimiento para Comunidades y Ayuntamientos. Apenas mil personas en una isla donde hay más de 18.000 desempleados (que ven recortadas las prestaciones con esas medidas), más de 3.000 empleados públicos de las administraciones locales y más de 10.000 profesores, sanitarios, policías, juzgados, bomberos, militares, delegados y empleados públicos en general de la administración central y autonómica que han perdido su paga extra y otros derechos. Una isla que vive desconcertada por los zarpazos de una crisis que pone en jaque sus principales servicios públicos, sanidad, educación y servicios sociales. No se entiende.

La situación es objetivamente dura y exige esfuerzos descomunales para que el Estado español gane credibilidad ante Europa y ante los mercados. Eso no se pone en cuestión. Pero si no escenifica el dolor que experimentan los ciudadanos ante semejantes sacrificios, el ajuste va a seguir afectando a los mismos.

 La conquista de los derechos en el siglo XX, para dejar atrás un siglo XIX de explotadores y explotados, no se hizo como una gratificación de los poderosos a la masa obrero. Ni mucho menos. Después de duras batallas, en un siglo marcado por las enseñanzas marxistas y las revoluciones de clase, el explotador prefirió alimentar derechos y comodidades de la clase trabajadora, que arriesgarse a perderlo todo. Fue eso, una conquista. Ahora, parece que todo se desvanece ante una posición de partida distinta. El acomodo burgués de la clase media retrasa una respuesta contundente mientras los planteamientos conservadores (causa, en gran medida, de los problemas actuales de una economía globalizada) de los dirigentes muestran su total insensibilidad.

 El sacrificio es necesario después de tantos años de fiesta verbenera y derrochadora en la administración pública pero también es imprescindible que la sociedad le ponga límites, por debajo, a las restricciones con las que hay que creer la nueva realidad futura. Por eso es tan necesario afrontar los sacrificios como quejarse de forma unida y pública. La carga sólo se distribuirá equitativamente si se muestran las mismas reticencias a un lado que al otro de la balanza. De no ser así, el peso recaerá exclusivamente o mayoritariamente ante los más débiles. Y, por el momento, con apenas mil personas en la calle, en Lanzarote, la voz que se escucha no es la de un pueblo cabreado y hastiado de cargar con una culpa que no les corresponde en exclusiva.

 

 


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