PUBLICIDAD

Tres escenarios de Bruselas

Los Eurócratas

A duras penas los rayos de un sol de invierno se cuelan por una densa capa de nubes grises, aportando una iluminación tenue y casi lúgubre a la capital de Europa. En Schumann, donde una vez hubo pequeñas y coquetas casitas custodiando las historias de varias generaciones de familias belgas, se yerguen ahora los monstruosos edificios de la Unión Europea, rodeados por un ingente número de consultorías, ONGs y think tanks.

 

Los coches se apelotonan en una extensa línea de tráfico inmóvil, y los furiosos conductores tocan el claxon mientras una muchedumbre con traje y zapatos de piel camina rauda al trabajo a pie o en bicicleta. Hoy, como cualquier otro día, habrán conferencias, seminarios, cursos, negociaciones políticas oficiales y privadas, y empresas demandando servicios de lobby a las consultarías. Quizás, también, alguna manifestación.

Cuando acabe la jornada, estos Eurócratas irán a cenar y a tomar cerveza belga o vino francés, para después volver a sus casas espaciosas y ajardinadas  en Wolube-Saint-Pierre, o cualquier otro pequeño "gueto" para los adinerados, a las afueras de Bruselas. Durante los fines de semana, es posible que vuelvan a visitar a sus familias, afincadas en cualquier otro punto de la zona Schengen.

Los turistas

En el centro de la ciudad, los turistas recorren el itinerario habitual, paseando por la bonita Gran Place, visitando el museo de René Magritte, el palacio de la familia real más pobre del mundo, y el Manneken Pis. Se sorprenderán al descubrir que el símbolo de la ciudad es una pequeña estatua de un niño que orina en una fuente.

Pararán  para comer gofre con fresas y chocolate belgas, almorzar mejillones y probar algunas de las más de dos mil cervezas del Delirium. Luego partirán a las afueras de la ciudad para visitar el Atomium, un átomo gigante, símbolo de la exposición universal de 1958. Al final del día, un poco decepcionados, le preguntarán al guía si eso es todo, y esperarán ansiosos el momento de partir hacia Gante y Brujas.

Los expatriados

Fuera del barrio europeo y del itinerario turístico tradicional fluye la vida de una manera muy distinta. Los belgas (alrededor de un 40% de la población), junto a estudiantes Erasmus e inmigrantes de primera y segunda generación llegados de África, Asia, Latino América y el sur y este de Europa, encaran un día a día al margen de la rimbombante jerga europea y los flashes de los turistas.

Mercados de antigüedades y de productos bio colonizan las plazas de las ciudades, custodiadas a veces por bellos edificios de  Art Nouveau o frondosos parques. Confiterías árabes y polacas, salones de lavado atestados de mujeres con velo, kebaps, restaurantes portugueses e italianos, y tiendas de artículos asiáticos y africanos pueblan las estrechas callejuelas, donde transitan con dificultad coches, guaguas, bicicletas y tranvías.

En la agenda cultural no faltan la música y el teatro, y  exposiciones y ceremonias religiosas en tantos idiomas como nacionalidades alberga la capital de Europa. Además, gracias a su heterogeneidad  y al caos en que se suceden sin orden aparente galerías,  plazas y catedrales; con frecuencia se presentan elementos inesperados en forma de comic decorando las paredes descascaradas de algún edificio, esculturas en forma de ajedrez o lámparas de mesilla de noche a modo de farolas. Incluso, estando desprevenido, uno puede encontrarse frente a frente con Peter Pan, o el mismísimo Don Quijote de la Mancha.

Es cierto que Bruselas, a primera vista, puede parecer una ciudad muy poco agraciada. No tiene el encanto decadente de Roma, ni la pulcritud de Copenhague, ni la grandiosidad de Paris, ni la elegancia de Viena. Sin embargo, si el visitante aguza la vista, encuentra detalles inesperados entre el caos estilístico de sus edificios y sus calles serpenteantes, y descubre  la posibilidad de recorrer el mundo entero en sus apenas 161 km2 de superficie.

 

 

Escribir un comentario

Código de seguridad
Actualizar