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El Camino de Santiago, desde Lanzarote (I)

En Francia, en Los Pirineos, en la primera jornada de caminata.

La aventura de los peregrinos de tiempos pasados forjó ciudades, intercambios culturales  y mantuvo abierta una vía, como la del Camino Francés, con unas enormes singularidades que invitan a repetir, sin ser necesario un plus de fe, vivencias en estos espacios. Aquí pretendemos narrar el por qué, el cómo y el para qué de una experiencia propia de dos lanzaroteños que no buscaban al Señor, ni a Santiago ni a su caballo blanco pero en ciertas jornadas maratonianas imploraban ayuda, "aunque sólo sea para salvar los pies"

Era una cena sencilla. Apenas una sopa de garbanzos y unos pequeños trozos de carne al horno. Lo suficiente para saciar las ganas de comer y cargar energías para la caminata de mañana. En cambio, fue una velada extraordinaria. Me impactó. Era la primera vez que estaba compartiendo comida, anécdotas y risas con doce personas de lo más variadas y procedencias distintas. Todas extranjeras, a excepción de mi compañero de esta aventura, José Alberto Reyes, y con profesiones y talentos distintos.  Estaban los dos canadienses, padre e hija, profesor y pilota de helicópteros y, a su lado, la pareja australiana. Enfrente de mí, estaban los tres brasileños, dos magistrados de aquel país y un empresario, y a un lado tenía a la pareja italiana, bicigrinos, que no dejaban de presumir con los brasileños de gran selección. Al final, tuve que preguntarle por el resultado del enfrentamiento de Italia -España. Los brasileños rieron con ganas.  La mujer mayor, sudafricana, y el joven neozelandés preferían conversar entre ellos mientas rodara la pelota en la mesa. Las risas, los chascarrillos y el entusiasmo por compartir un rato agradable permitió superar las diferencias idiomáticas, culturales y de todo tipo.

No se trató de un encuentro en la sede central de la ONU,  o en un restaurante de una de las grandes urbes del mundo. No, todo lo contrario. Fue en Boadilla del Camino, un pueblo de la provincia de Palencia en el que residen menos de 200 habitantes, que se quedan en minoría casi todos los días entre los meses de abril y septiembre con la llegada de los peregrinos del Camino de Santiago, el Francés, su principal sustento. Es otra de las razones para aventurarse a hacer alguno de los caminos que llevan a Santiago. Ese contacto con personas procedentes de países remotos en un ambiente que tiene poco del turismo de playa y mucho de reflexión y conversación pausada antes de ir a descansar.El camino pasa por los bosques navarros

El año pasado, en 2016, año en el que nosotros pasamos por Boadilla, en nuestro recorrido de Logroño a León, llegaron a Santiago de Compostela 278.041 personas que acreditaron a haber recorrido, al menos, los últimos 100 kilómetros, imprescindibles para recibir la compostelana.  Entre ellos, se encontraban peregrinos procedentes de 146 nacionalidades. Aunque el pasaporte español sigue mandando, como es lógico, fundamentalmente por las enormes aglomeraciones en los meses de verano en la comunidad de Galicia,  pero sorprende que los países vecinos -Francia y Portugal, cuartos y quintos- hayan cedido el podio a Alemania y Estados Unidos. Los siguen, por proximidad, Irlanda y el Reino Unido, e irrumpen a partir del octavo puesto países más lejanos, como Corea, Australia, Brasil, Canadá, México y Japón.El camino está muy bien señalizado para que lo pueda seguir cualquier peregrino con tan solo mirar a su alrededor y seguir las flechas amarillas.

El Camino Francés, el que nosotros estamos haciendo, sigue siendo el más transitado, ya que lo recorrieron 176.180 peregrinos, un 63 % del total, y a continuación se sitúa el Portugués (19 %). También están el del Norte, el Primitivo, el Inglés, el de la Plata, etc.Peregrinos de más de 130 países se dan cita todos los años en el Camino de Santiago. Más de 280.000 peregrinos llegaron a Santiago en 2016.

Comenzar en Francia

En una de las muchas caminatas que hacemos por Lanzarote los fines de semana, José Alberto Reyes, Pepe, sacó el tema. Lanzó el anzuelo. Planteó la posibilidad de hacer el Camino de Santiago. Cuestión que rechacé de plano, ante su sorpresa.

- ¿Por qué no? - me preguntó

- Una cosa es caminar una vez al mes y otro cosa muy distinta es caminar todos los días durante un mes. Y otra cosas es caminar 10 o 20 kilómetros  que hacer 20 o 30 diarios, además, por montañas con grandes subidas y bajadas, por senderos de mierda (de vaca). lloviendo o con calor o frío horrendos. Que no, Pepe, que no, que lo nuestro es caminar un rato al mes, acabar, echarnos una comidita y unas risas y volver el lunes al tajo.

- ¡Pero te estás acojonando, Manolo!

- ¡Más bien, descojonando, Pepe! Y camina que ya te estás quedando atrás y vamos por llano y apenas llevamos siete kilómetros y no venías desde el mes pasado.

Entre risas, dejamos el tema en aquella ocasión. Pero llegué a mi casa con la mosca detrás de la oreja. ¡Cómo es posible que Pepe planteé una cosa de esas característica! Además, haber quedado como un cobarde desvencijado ante un hombre mucho mayor que yo tampoco me agradó. Entonces, cogí el ratón y le eché un vistazo al Camino Francés ese.

¡ Ay mi madre, Ay mi madre, ese Pepe debe estar como Machín el de la maracas!

 ¡Son treinta y una jornadas, según la aplicación de Eroski para llegar de Saint Jean Pied de Port (Francia)  a Santiago de Compostela y tiene epílogo hasta el mar, hasta Finisterre, ¡y ya puestos!, con seis más. ¡ Son 940 kilómetros! ¡Este hombre está loco! Pero si sacó el carné para no ir caminando hasta la parada de la guagua y ahora quiere estallarme como una pita cruzando esa Península de este a oeste. Hay que cruzar esa muralla llamada Pirineos, recorrer cientos de kilómetros en esa meseta castellana que es más larga y llana que el encefalograma de un mosquito de un mamut  y después cruzar los montes leoneses y gallegos para meternos en un castigador sube y baja en barrancos y carreteras nacionales hasta darnos de bruces con la plaza del Obradoiro ese. Por mí, que no espere, que se busque a otro.

Esa noche soñé con el Camino de Santiago. Soñé que me vaciaba una ampolla grandísima y el pie se me desinfló como la rueda de una carretilla. Que me quedé con el tobillo sobre esa piel flácida a la que quedó reducido lo que yo creía un pie propio de hombre vigoroso o lanzaroteño de pura cepa. Seguí dándole vueltas al Camino, aunque ya no tenía ganas ni de ir a caminar con Pepe por los senderos de Lanzarote. Por si acaso sacaba el tema de nuevo.

No hizo falta volverlo a ver.  El día siguiente, más fresco que una lechuga al ver que el pie seguía en su sitio, me bajé  a la calle Real, al centro de Arrecife. Con tanta casualidad, que salió de un callejón otra vez el Camino de Santiago. No era Pepe, menos mal. Era mi amigo, periodista también, Pedro Cesar Quintana, que después de hablarme de un montón de cosas y sin saber yo por qué me empezó hablar del Camino de Santiago, y que él lo había hecho, y que fue una experiencia tal y tal y que iba a hacer otro, y que se lo pasó muy bien, que se conoce mucha gente, que no es tan duro, y bla, bla, bla. Lo vi tan entusiasmado que me vine arriba y, sin darme cuenta, le dije que yo lo iba a hacer este año.

- ¿Sólo? - me preguntó enseguida, tan interesado como sorprendido.

- No, voy a ir con Pepe Reyes.

- ¿Pepe Reyes, el socialista, el de Tías? ¿Y ese camina?

Le contesto afirmativamente a las dos preguntas, aunque parecían exclamaciones y un poco asustado pregunté yo.

- ¿Pero, Pedro, no me estabas diciendo que lo puede hacer cualquiera, que es cuestión de ir a un ritmo y programar las etapas de acuerdo con las posibilidades de cada uno?

- Sí, sí sí, claro. Adiós, Manolito.

Me quedé un rato mirando cómo se alejaba Pedro y cómo me venían unos sofocos tremendos, como si estuvieran anunciándome la menopausa del macho herido.

En fin, que estaba predestinado a hacer ese camino. Y no iba a perder un minuto más en resistirme. Llamé a Pepe por teléfono y le dije que cuándo nos íbamos.

- ¿Irnos? ¿Adónde?

- ¡Adónde va a ser, al Camino de Santiago!

- ¡Chacho, aclárate! ¿No decías que tú eso no lo hacías?

-  Era una broma, Pepe. Pero si lo puedes hacer tú, no lo voy hacer yo. Lo peor que nos puede pasar es que tenga que llamar a emergencias para que te saquen de un monte de esos. Pero lo hacemos sin prisas y sin pausas. Por tramos, pero si empezamos, el compromiso es acabarlo.

- ¡Que sí, hombre! Ya verás que no es para tanto. Eso lo vamos organizando, informándonos bien, buscando los alojamientos de las etapas, una buena mochila y nos hacemos un botiquín para las heriditas esas en los pies. ¡Que sí, que sí!  

- Mi cuñado José Manuel, el asturiano, dice que él viene también. Y me estuvo hablando un poco de la zona. El puede en septiembre, a mediados, que se jubila de profesor a primeros de ese mes.

- Pues no se hable más, en septiembre, será la fecha. La próxima semana quedamos para comer y lo empezamos a preparar.

Y así empezó la historia de hacer el Camino de Santiago. Y cómo va el Camino esa es otra historia.

El camino Francés se recorre la Península de Este a Oeste y pasa por las comunidades Navarra, La Rioja, Castilla León ( provincias Burgos, Palencia y León) y Galicia ( provincias, Lugo y A Coruña).

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