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Cromatismo florentino

A veces, por influencia del cine tal vez, imaginamos el pasado en blanco y negro. También porque el paso de tiempo tiende a comerse los colores, como pasa con los templos de la antigua Grecia o en la ciudad azteca de Teotihuacán. Florencia, sin embargo, es un caso excepcional. Altiva aunque añeja, sigue vistiéndose de colores y mostrando indicios del policromo pasado en el que se hunden las leyendas del gran Imperio.

La primera visita obligada en esta ciudad, construída siglos atrás por los soldados del célebre Julio César, comienza por la Catedral de Santa Maria dei Fiori. Esta soberbia obra arquitectónica, prueba fehaciente del enorme poder que ostentaba la Iglesia, se erige como protagonista de postales y souvenirs. Llaman la atención sus enormes dimensiones, que la convierten en la cuarta catedral más grande del mundo, el decorado exterior y su gran cúpula cubierta de teja que muestran el alma del estilo gótico.

El abanico de posibilidades se agranda y una se encuentra frente a un mapa plagado de construcciones religiosas, todas ellas depositarias de un incalculable valor histórico y artístico, Santa Croce o San Lorenzo, Santa María Novella o La Annunciata... es difícil decidir qué rumbo tomar. Pero quizás, una de las más bellas sea la de San Miniato, en las afueras de la ciudad y muy cerca de la escultura falsa del David de Miguel Angel (la verdadera se encuentra en el museo de la Academia).

San Miniato, ya sea por la belleza simple de su fachada, por el valor de los mosaicos y murales de su interior, por su sugestiva soledad, el eco y el olor a incienso, merece un asterisco en nuestro mapa de visitas. Además, la iglesia se encuentra rodeada por un curioso cementerio donde puede encontrarse, por ejemplo, una tumba cuyo epitafio, además del nombre del difunto, reza: “un italiano”. Ondea una pequeña bandera de Italia a su lado y una se pregunta, ¿huesos de militante por la unificación del país de la bota? Como el camposanto no es el lugar idóneo donde volverse inquisitiva, una se encoge de hombros y levanta la vista, para disfrutar de la maravillosa panorámica que desde aquí se tiene de los tejados rojos de Florencia.

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Como otras ciudades de Italia, la capital florentina es un gran museo al aire libre pero, si llegados a este punto les entra el síndrome del turista y sienten la punzante necesidad de comprar una entrada, también tendrán una dilatada oferta de lugares en donde saciar su ánimo consumista. Merece la pena pasear sin prisa por la Galeríia deggli Uffizi y embelezarse con las obras de Giotto, Caravaggio, Miguel Angel y, como no, con la reina del museo, la Venus de Boticelli. Para procesar tanto arte se puede tomar unos minutos de descanso, apreciando desde los ventanales de las galerías cómo fluyen las aguas del río Arno bajo las casitas y joyerías del Ponto Vecchio.

La ciudad se va llenando de sombras mientras cae la noche y el caballo de la Cosme I de Medici, en la piazza della Signoria, parece a punto de emprender un galope al claroscuro. A pocos pasos, la cabeza de medusa pende, aún amenazante, en las manos de Perseo. Una gelateria apaga las luces, alejando de las miradas golosas un arco iris de helados y las campanas que resuenan en las calles se sienten como un opresivo toque de queda.

Florentinos en bicicleta, ataviados con gorros de lana y bufandas vuelven a casa para cenar y su pedaleo nos recuerda lo cerca que estamos de Centroeuropa. Un olor leve de albahaca nos asalta. Hora de resguardarse y dejarse adormecer por el calor y los sabores de las trattorias toscanas.

 

 

 

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