Sí que vale la amistad
- Alex Salebe Rodríguez
Aitor, Darío, Samu, Agoney, López, Juanfran, Marcos y Mateo, y otros chavales de este grupo de jóvenes yaiceros que conozco, emprendieron su vida universitaria y/o laboral después de finalizar los estudios de educación secundaria en Lanzarote hace un par de años.
La mayoría estudia en universidades de Madrid, aunque también hay quienes se forman o trabajan en Gran Canaria y Lanzarote, pero, en cualquier caso, mantienen contacto, y no solo por redes sociales, que en edades de entre 20 y 23 años es absolutamente natural, sino que se visitan cuando el tiempo y la economía lo permiten, si bien en verano, un gran encuentro, como mínimo, es infalible.
Conozco la construcción de su amistad a través del deporte y la vecindad porque mi hijo forma parte del grupo. Casi todos jugaron fútbol en el Unión Sur Yaiza a partir de los cuatro y cinco años, pasando por todas las categorías del Club, y hoy incluso algunos de ellos siguen jugando juntos en el torneo interno entre facultades que organiza la Complutense de Madrid.
Allí estuve esta semana compartiendo en familia una fría y lluviosa tarde de fútbol en las instalaciones deportivas de la Complu, con cuatro de esos chavales canarios que hacen piña junto a una docena de compis del equipo de la facultad de Información y Documentación, donde también percibí un ambiente fraternal y de trato cercano.
Ahora que el valor de la amistad se ve pisoteado por intereses personales y mercantilistas, me entusiasma encontrarme con personas jóvenes a las que no solo les preocupa su formación profesional, sino que tejen estrechas relaciones de hermandad basadas en la solidaridad y el respeto mutuo, y que sea el deporte, además de otras afinidades, uno de los vehículos conductores del aprecio que se profesan, me parece un valor a destacar.
Es interesante analizar estos comportamientos de la vida cotidiana en comunidad porque para quienes tenemos más de 40 y 50 años, el respeto era de los valores más inculcados por nuestros padres y abuelos.
La figura del profesor, por ejemplo, se equiparaba a la autoridad de un padre o una madre, o qué decir de la figura del médico, reconocida por su sabiduría científica y su noble misión de curar y salvar vidas.
Tenemos cierto desasosiego o intranquilidad por la juventud y el futuro que le depara, y con mayor razón, si somos madres o padres. Identificamos la valía de los jóvenes como seres creativos, preparados o en proceso de formación con ganas de comerse el mundo, a pesar de la vulneración de derechos y de las trabas que a veces encuentran en nosotros los adultos.
Las buenas relaciones entre chicos y chicas, incluso entre niños y niñas de corta edad donde no importa ni se señala a nadie por su procedencia, color de piel, cultura o religión, son un buen visor de convivencia por el que deberíamos los adultos observar un poquito más. La amistad es un vínculo afectivo de compromiso y lealtad que ayuda sobre todo a los jóvenes a desarrollar habilidades sociales y sentirse apoyados, por eso reconforta comprobar que disfrutan de ella.