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La brava costa del oeste de Yaiza

 

El litoral de Yaiza, en tres zancadas (y III)

Son las siete de la mañana del tercer y último día de la ruta de “El Litoral de Yaiza, en tres zancadas” y tengo la impresión de estar en el sitio adecuado a la hora inapropiada. He estado en muchas ocasiones aquí, en el litoral de Pechiguera, disfrutando de un atardecer. Son de los mejores porque, al estar en el límite oeste de la isla, ves como el sol se desvanece y se pierde en el mar.  Ahora, en cambio, es la hora del alba, y aparecerá a nuestra espalda. Dejamos atrás la franja urbana de Playa Blanca, la Montaña Roja y el paseo marítimo y volvemos a los caminos y senderos para recorrer esta veintena de kilómetros que nos restan hasta llegar al límite occidental del litoral de Yaiza, allá en pleno Parque Nacional de Timanfaya, en los alrededores de la negra y refrescante Playa El  Paso, que nació hace ya casi 300 años con las erupciones volcánicas que cubrieron de lava y ceniza la mitad del territorio de este municipio sureño, el segundo más extenso de Lanzarote.

 Si miramos al frente, es realmente desolador. Si fuera la primera vez que hacemos este recorrido, seguro que se nos hubiera pasado por la cabeza abortar la operación. Pero ya son muchas y sabemos que la caminata de hoy está llena de lugares increíbles y de una belleza natural desbordante. Se irán presentando uno a uno mientras avanzamos, de menor a mayor, para que no decaiga el ánimo cuando empiece a hacer mella el lógico cansancio. Hace viento y calor. Con lo que el paseo será más exigente todavía.

Miro al frente, como haciendo una foto panorámica, giro la cabeza  de izquierda a derecha. Voy de un mar que asusta, inhóspito, que parece no dar acogida en sus aguas desde acantilados bañados por una inmensidad de mar que nos avisa de la profundidad y peligro que debe tener. Del mar a la tierra. Parece un pedregal, de color arcilloso, llano como toda la planicie que se divisa hasta la Atalaya de Femés, una decena de kilómetros al norte, y todo el macizo de Los Ajaches al este. Empezamos a caminar, avanzamos por el camino a la orilla del mar.

Un hotel abandonado a punto de acabarse hace 50 años

Caminamos oyendo el mar, hasta que empezamos a ver, al fondo, pegado al litoral, una construcción abandonada. Iba a ser un hotel y está allí desde 1973, cuando un alemán lo levantó y lo dejó abandonado casi acabado. Casi 50 años más tarde, se ven las bañeras desde el exterior. Sirve de cobijo de okupas, se percibe ropa tendida y coches utilitarios aparcados entre las ruinas. Se intentó convertir en un balneario hace unos años, aprovechando que se encuentra cerca de uno de los secretos  escondidos de la zona, los espectaculares charcones o piscinas naturales que se forman en la costa al bajar la marea.  Pero sus propietarios no consiguieron convencer a las autoridades del urbanismo y medio ambiente de Canarias y todo apunta a que su futuro es acabar derruido. Pero si ha estado medio siglo así, quién nos dice cuándo se hará realidad esa intervención.

Nos olvidamos del nunca llegó a ser el hotel Atlante nada más ver como baja la marea. Nos acercamos a los riscos y vemos las piscinas naturales, conocidas en Canarias como charcones, que nos deja el mar al retirarse. Apetece desprenderse de la vestimenta y tirarse en aquellos agujeros colmados de agua fresquita y transparente hasta arriba. De hecho, ya hay personas en bañador, dirigiéndose hacia ellos. Son idílicos pero hay que controlar la marea. Si nos despistados y empieza a subir, podemos tener problemas para salir del lugar.

Seguimos caminando hacia el norte, vemos pequeños puntos que sobresalen en los acantilados a medida que avanzamos. Son pescadores a caña, que pasan horas pescando en una zona muy rica en pesca pero también muy peligrosa. Raro es el año en el que, a pesar de que conocen la zona, no desaparece alguno engullido por la ola grande y traicionera, que está a la espera del menor despiste humano para cobrarse su víctima. Ya vemos, al fondo, el pueblo de El Golfo, está muy lejos todavía, pero el quiebro que hace la costa no los enseña con sus blancas casas entre la negra superficie volcánica. Por el momento seguimos pisando el arcilloso y pedregoso camino, que se nos aleja ahora algo de la orilla.

Pasamos ya la desaladora, una construcción industrial pintada de color ocre para rebajar su impacto en el lugar. En ella se produce parte del agua potable que se consume en este municipio. Hay una maquina una potabilizadora que transforma el agua salada extraída del mar cercano en agua potable al, con el sistema de osmosis inversa, proyectarla contra unas membranas semipermeables que dejan pasar el agua al otro lado pero no la sal. Las primeras que llegaron a la isla, en la década de los 70 del siglo pasado, revolucionaron Lanzarote, una isla seca, con lluvias escasas, que necesitaba el agua para dar el salto económico que dio después de la mano del turismo.

La Laguna, Salinas y Playa de Janubio

Un sendero estrecho nos acerca al mar, desde lo alto. Ya tenemos delante una de las maravillas que nos sacará de la monotonía paisajística de los kilómetros recorridos. Estamos en el Sitio de interés Científico Salinas del Janubio.

Una extensa playa de arena negra en primer plano, separada por una pequeña loma, una laguna, con un vergel de plantas halófilas que nos hacen recordar los nenúfares de los lagos y arroyos de agua dulce de tierras lejanas y las impresionantes salinas de blancos y rojos a cuadros. Es un único espacio con un chorro de colores, al que la abundante avifauna que se encuentra en el lugar, más de 70 especies, pone en movimiento. Podríamos pasarnos horas disfrutando del paisaje y su corresponde biotopo pero  hay que seguir. Y lo hacemos avanzando por el sendero de la playa hasta el aparcamiento en el que dejan sus coches los numerosos turistas que se acercan a disfrutar de la playa y las vistas. Aunque hay que tener mucho cuidado en esta playa, y en todas las de esta zona occidental de la isla, porque tienen mucha corriente sus aguas y puede darles un susto a los bañistas o acabar en una desgracia.

A partir de ahora, la caminata discurrirá por la única carretera asfaltada de la zona. El espacio que vamos a visitar es un terreno nuevo, volcánico, que se le ganó al mar en las erupciones del siglo XVIII. De hecho, la zona en la que se encuentran Las Salinas fue en el siglo citado uno de los principales puertos de la isla, pero sucumbió a la tempestad lávica del momento. Entonces, no se puede ir sino por lo ya ocupado por el hombre y dejar el resto para conservarlo dentro del Parque Nacional de Timanfaya.

Aun así, tendremos cuatro entradas para acercarnos al mar, tres con playa y, la primera, para sentir en toda su extensión la bravura de Poseidón bajo nuestros pies, en Los Hervidores. Aquí, las olas se cuelan en las cuevas volcánicas y estallan con fuerza contra sus paredes y dejan salir la espuma por los agujeros abiertos al cielo. Los  visitantes disfrutan de los bufaderos mientras recorren los rincones del lugar ensalitrado.  

Volvemos a la carretera y nos vamos encontrando las dos primeras playas antes de llegar al núcleo costero de El Golfo. Primero vemos la Playa Montaña Bermeja y después nos desviamos de la carretera para entrar en un volcán semihundido para entrar en la Playa de Los Clicos.

Y, junto a la playa, el volcán nos deja la sorpresa de un lago verde, que está comunicado de forma subterránea con el mar. Con la pared del volcán cerrando la playa, el espacio gana en intimidad y belleza. Antes se podía salir de aquí subiendo un sendero y llegábamos al pueblo  y playa del caserío El Golfo. Pero ya no se puede y tenemos que volver a la carretera y rodear el edificio volcánico para entrar en el pueblo por su única carretera de acceso. El Golfo es el lugar ideal para comer. La decena de restaurantes que hay sirven pescado y marisco frescos al gusto de los comensales.

Aquí está claro que celebraremos hoy el final de esta espectacular ruta de tres jornadas por los casi 60 kilómetros de litoral que tiene el municipio de Yaiza. Pero todavía tenemos que hacer el último esfuerzo para conquistar el límite occidental del litoral de este municipio. Tendremos que adentrarnos de nuevo en el terreno lávico, junto al litoral, Así que nos vamos a la parte de atrás del pueblo, al lado del parque infantil, donde acaba la carretera y cogemos el sendero hecho sobre la piedra volcánica y que recorre la costa del Parque Nacional de Timanfaya.

Ese sendero nos llevaría a la playa de Las Malvas, ya en el municipio de Tinajo, y son unos diez kilómetros, Pero nosotros solamente lo usaremos para llegar a la última cala de Yaiza, la Playa del Paso, y volver sobre nuestras propias pisadas para cargas energías y disfrutar de los manjares del mar de esta preciosa tierra.

Realmente ha sido una experiencia enriquecedora, tres jornadas de disfrute, encanto tras encanto. De Puerto Calero a la Playa del Paso, casi 60 kilómetros de costa, 16 playas con muestras de todos los tipos posible. Con arena negra, con callados, con jable, en pleno volcán, a los pies de un macizo impresionante, al lado de unas salinas y cerca de buenas ofertas gastronómicas. Y, después, piscinas naturales, los charcones, impresionantes. Además, es un referente de excelente calidad para la náutica con dos puertos deportivos y uno comercial y pesquero en la parte urbana de su litoral. Tiene de todo y caminando  se disfruta de los más pequeños detalles un montón. Hay que vivirlo para entenderlo.     

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