PUBLICIDAD

Vivir en 65 kms2

 

Los primeros 15 años de mi vida, los viví casi sin salir del municipio de Tías.

En esos 65 kms2 que tiene de superficie, repartida entre Tías, Puerto del Carmen, Mácher, La Asomada, Tegoyo, Conil y Masdache,  se desarrollaba mi actividad diaria, exceptuando alguna bajada a la capital o algún pueblo de la isla o de algún viaje contado fuera de la isla. Pero en Tías, a pesar de que no teníamos de nada en esa época, en los años 70, teníamos de todo.  No había una mísera cancha deportiva, por citar algo muy demandado a esa edad, pero no dejábamos de hacer ejercicio, aunque quizás en la infancia y la adolescencia temprana apostáramos más por los juegos que por los deportes. Tengo recuerdos imborrables jugando al quemado, al brilet, al elástico, al teje, a la piola, a la comba, al pañuelo. Eran todos juegos colectivos, que se podían practicar en cualquier llano donde se reunieran unos cuantos amigos o, en mi caso, miembro de familia numerosa, unos cuantos hermanos.

El teje y el elástico eran juegos de chicas, pero yo no respetaba mucho esos límites absurdos que se imponían en la época, que con el tiempo han ido desapareciendo. Para mí, tirar el teje en uno de los huecos pintados en el suelo y después irlo a buscar moviéndolo con la pierna, era un juego entretenido. Y también el elástico, que se cogía entre dos por cada punta y los demás saltábamos mientras se iba subiendo la altura a medida que fueras superando las anteriores. Hasta el punto que los últimos los superábamos haciendo el pino. Para el quemado, apenas hacía falta una pelota para lanzarla contra los participantes cuando iban de un círculo a otro, donde estaban protegidos. Se jugó mucho a estos y otros juegos. No había canchas pero apenas las echamos de menos. El recuerdo que tengo de la época es bueno, es de risas y fiestas infantiles.

Los rebumbios y los partidos de fútbol

A medida que iba creciendo, me iba alejando un poco más del Camino de Los Lirios. Tenía el único campo del fútbol cerca de casa. Eran apenas dos porterías en un llano que se marcaba con cal antes de los partidos de los senior del Tías de la época, donde íbamos a echar rebumbios, un portero y dos equipos de cuatro o  cinco, o menos, tirando para la misma portería, y a ver jugar a los del Tías. En los rebumbios coincidíamos chicos de distintas edades, yo era uno de los más pequeños. Allí aparecían Tomás Cáceres, Tegala, Pepe “Zabalza” Pérez, Jacinto, Orlando, mi hermano Antonio y otros muchos. Pero el espectáculo era ir a ver a los senior o a lo juveniles del Tías. En los juveniles, había muchos de los que coincidían conmigo en los rebumbios y otros como José Francisco Hernández  y mi hermano Ángel. En los senior, estaban los Emilio Bermúdez, Toñanes Cedrés, Pepe Barco, Domingo Felipe, Morín, Ramón Pérez, que eran nuestros ídolos de la época, pero mi recuerdo es que perdían más de lo que ganaban, con la consiguiente decepción nuestra.

 En esos años, sobra decirlo, no había escuelas deportivas ni los menores de quince años estábamos federados. Así que la solución era hacer equipos de niños y enfrentarnos entre nosotros. Hubo dos que duraron hasta que nos federamos. Estaba el pijo, El Chelsea, que lo promovió Lince, un inglés residenciado en Tías que era seguidor del equipo londinense. Y el verdadero Tías de toda la vida, Las Cadenas. En esos partidos destacaban como jugadores Luis y José Luis y otros mayores que los de mi quinta.

Para mí, el fútbol no era todavía mi actividad deportiva principal. Ya dije que me encantaban los juegos y enumeré los más populares pero había dos actividades más que me encantaban: jugar a la bola e ir de caza. A jugar a la bola aprendí con Peyo y Mamé Cañada, en su casa, con las bolas de madera y mirando cómo jugaban los mayores delante del bar de Manuel Cabrera, en el Hoyo del Agua. Cuando iba a la tienda de Pilar, la mujer de Manuel, que estaba pegada al bar, me quedaba sentado en el murito, junto a las plantas, viendo cómo jugaban los hombres a la bola. Estas eran más pesadas, eran de pasta. Me gustaba ver a Manuel el de Alejandra, que salía el primero de la tripleta, a arrimar. Tiraba el boliche, que es más pequeño que las bolas, y acercaba la bola al mismo. Si la dejaba pegada, gritaba entusiasmado: “Ahí está, mamando. A ver quién es el que la saca entre tanto brochador”. Y si le tiraban, y no le daban, reía alegre como si le hubiese tocado el euromillón. Pedro Cañada, el padre de mis amigos, y Pedro Corujo eran dos jugadores muy buenos, tenían mucha puntería y, a veces no solo sacaban la bola que estaba mamando, sino que, además, dejaban la suya en el mismo sitio. A ese golpe le llamaban “quita y deja”.

Salir al campo a comer frutos

Una de las experiencias que más me gustaba era ir al campo a comer frutos. Salíamos a la tardecita, cuando aflojaba el calor, y nos íbamos a Peñas Blancas, cerca del volcán, o a Entre Montañas. Con cuidado de que no nos vieran los dueños, y de no estropear nada, la pandilla, donde yo era uno de los menores, al igual que Julián Cáceres, nos acercábamos a las higueras, parras, guayaberos y morales y nos poníamos a comernos el fruto. Cuando íbamos a Entre Montañas, la oferta se complementaba con algarrobas, granadas y almendras. Y siempre había un gracioso que, cuando se llenaba, gritaba: “Que viene el dueño” y salía corriendo como un loco y todos nosotros detrás. La mayoría de las veces era una falsa alarma, pero también hubo alguna vez que el dueño en cuestión aparecía y nos lanzaba pedruscos del tamaño de un asteroide que pasaban rozándonos la cabeza. Siempre pensé que solo querían asustarnos, hasta que un día nos metimos a coger hierba en un sembrado de cebada que estaba lleno de cerrajones y amapolas y el dueño empezó a tirarnos piedras que pasaban por encima de Pedro, picaban en el suelo y pasaban por encima de mí. Ese itinerario de la piedra no se puede calcular con tanta precisión, así que estaba claro que a aquel hombre no le gustó nada que le cogiéramos la hierba de su finca.

A la playa “haciendo dedo”

En verano, que no teníamos clase ni había trabajo en la finca, muchos de los días acabábamos en la playa. Íbamos caminando y antes de llegar a las curvas de la Tegala, ya desaparecidas, algún vecino que nos conocía nos llevaba y nos dejaba por el Barrakuda. íbamos a la playa pequeña que estaba pegada al Hotel Fariones. Para llegar a ella, teníamos que pasar entre las plantas del hotel, desde la Playa de la Barrilla, y no hacerle caso al vigilante, que nos quería decir que la playa era privada. Allí pasábamos todo el día, sin comer, jugando, bañándonos, tirándonos del muellito y viendo las guiris en Playa Grande. Antes de anochecer, volvíamos a la carretera Puerto del Carmen- Tías y empezábamos a caminar hacia el pueblo. A los pocos minutos nos llevaba alguien. Solo recuerdo una vez que llegara caminando a Tías. Son apenas cuatro kilómetros pero, con aquella edad, me parecía lejísimo. Allí solíamos encontrarnos Bely, Nando, los gemelos Toño y Pedro, Peyo, Mamé, Monzo y otros chicos y chicas de Tías mayores que nosotros. Allí veíamos también a los chicos y chicas que conocíamos de Puerto del Carmen del colegio. En invierno ellos subían a Tías al colegio y en verano nosotros bajábamos a bañarnos en la playa y a pasar el día.

Del Hoyo del Agua y de Casa Juanela

En el Hoyo del Agua, la zona de Tías que está por debajo de la carretera de Tías- Macher, a la altura del cruce de Conil, pasé buenos ratos. A veces jugando a la bola en casa de los Cañada García, otras viendo las partidas delante del bar y otras hablando con los Fontes, Juan José, Domingo y Santos,  con mis primos Manolo Lemes y Ángel y Antonio Déniz, con Pepe Cabrera, Juan Jesús Betancort y otros chicos de la zona. Todos sabían jugar a la bola, y muchos de ellos eran buenos cazadores de perro y hurón, que también me gustaba a mí.

A veces, en lugar de ir para el Hoyo del Agua, sobre todo si tenía que cortarme el pelo en la barbería de Terio Camacho, me quedaba en casa de mi prima Juanela, para jugar con su hijo Julián o ponerme a contar historias con ella y sus hijas. Me lo pasaba bien contándoles historias y chistes, era un público muy agradecido. Y, además, les gustaba ponerme a prueba de mis conocimientos adquiridos en la escuela. No era raro que me preguntaran la tabla, que me dijeran cómo se escribía alguna palabra, o se metieran con mi peinado o corte de pelo, que cuando eso aún tenía. Lo pasaba muy bien, y de paso merendaba allí. Más arriba, por el camino de Los Lirios, apenas iba. Alguna vez al Morro, a ver algún ensayo de la Rondalla San Antonio, o a la Iglesia de La Candelaria cuando era menester.

Navegando en los aljibes sobre madera vieja

La zona del pueblo de Tías que menos me gustaba y más lejos me quedaba era el Lugar de Abajo, la parte que está a la entrada del municipio viniendo de Arrecife, antes de subir la última cuesta.  Era un erial, un suelo calizo muy poco productivo. Aún así, cuando iba a casa de Tino y Nando Marrero, que estaba en la calle San Blas, a veces nos íbamos por esos descampados, No había nada. Solo me impactaron dos grandes aljibes que había en la zona, con una superficie superior a los 200 metros cuadrados, que tenían un techo destartalado que nos permitía entrar. Tendría una altura de cuatro o cinco metros y estaba casi llena. Había maderas flotando  y los chicos me decían que podíamos ir de un lado a otro en esas maderas, sobre el agua, que parecía más chocolate de lo marrón que estaba. Desde que me propusieron eso, les dije que ya tenía que irme, que mi madre me había dicho que volviera pronto que tendría que ir a la lonja o a la tienda. Y me puse a caminar en dirección al pueblo, mientras ellos venían detrás. La más mínima posibilidad de verme dentro de aquellos aljibes, sobre un trozo de madera vieja, flotando hasta que el azar quisiera, me aterrorizaba.

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar