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¿Solidaridad?

 Hemos normalizado tanto la tragedia que nos resbala el sufrimiento, ajeno, incluso después de la sacudida que nos pegó el covid. ¿Será que nos hace falta otro bofetón similar?. Y si quienes deben dar el mayor ejemplo lo usan para sacar rédito a sus intereses políticos, pues es más difícil sensibilizar a la sociedad.

Por fin, este viernes, el barco ambulancia Ocean Viking pudo atracar en el puerto de Toulon, en la costa mediterránea del sur de Francia, con 234 inmigrantes, incluidos 57 niños, sobrevivientes del rescate frente a las costas de Libia llevado a cabo por  SOS Méditerranée, organización europea, marítimo-humanitaria para el rescate de la vida en el mar. Lo hizo después de que la embarcación fletada por dicha ONG estuviera, no una ni dos, sino tres semanas suplicando atracar en algún puerto seguro de Italia.

Nuevo debate sobre inmigración y nuevas tensiones entre “socios” europeos, en este caso Italia y Francia, y Alemania, que como Francia también había solicitado a las autoridades italianas la autorización del desembarco en su territorio de al menos los inmigrantes menores de edad que navegan en barcos salva vidas al servicio de ONGs.

Terminó esta odisea para el Ocean Viking, pero seguro volverán nuevos dramas en altamar  con días insoportables de epidemias y deterioro de la salud mental porque el fenómeno migratorio forzado a nivel mundial por guerras, causas económicas y sociales, sumado a los desastres naturales provocados por el cambio climático que arrasa territorios densamente poblados, es imparable, por tierra, mar y aire.

Es un problema muy complejo, demasiado, pero por delante de todo trámite administrativo, reparto o cuotas de acogida de inmigrantes en países desarrollados,  que equipara el ser humano a cualquier mercancía, y las marañas legales, está el derecho inalienable a la vida, eso al menos nos enseñaron.

Mientras que la ultraderechista primera ministra italiana Giorgia Meloni, venerada en España por la derecha ultra de Vox y el sector más reaccionario del PP, pedía esta semana una “solución europea” para la inmigración subrayando que en los barcos de las ONGs “no hay náufragos, sino migrantes”, me acordé de la experiencia de profundo valor humanitario de la brigada Henry Reeve de médicos y enfermeros cubanos que desembarcó en las regiones de Piamonte y Lombardía para ayudar a salvar vidas en plena crisis de mortandad del covid, en las horas más largas de desaliento. El pueblo italiano supo agradecer ese tremendo gesto de esperanza y solidaridad, como lo agradecieron las 42 naciones que recibieron la misma cooperación científica por parte de Cuba.

Imagino que los inmigrantes sí que son buenos para trabajar, como mano de obra barata; consumir, porque por muy mal que se esté hay que comprar alimentos y otros productos de primera necesidad, en el supermercado no exigen  papeles sino dinero; y por supuesto, para salir a votar, los que están regularizados y pueden. Es tal el descaro de la derecha que no se corta un pelo en pedir el voto a extranjeros no comunitarios estableciendo, por interés, una vil y sutil clasificación de inmigrantes buenos y malos. Estamos avisados.

El comportamiento de Meloni es sistemático. El docente Gennaro Avallone, investigador y profesor titular de sociología en la Universidad de Salerno, lo explica en un artículo para el diario El Salto que titula ‘Italia contra la solidaridad’. Hay un decreto interministerial que “instaura controles selectivos en los barcos para decidir qué personas pueden desembarcar y cuáles deberían ser transportadas a los países cuyas banderas ondean en los barcos”.

Selección subjetiva que distingue entre personas merecedoras de ayuda, las consideradas vulnerables, y las demás. El análisis de Avallone apunta al ataque a los lugares de solidaridad “con políticas represivas y selectivas”. Asimismo hay un tufillo en Italia por la prohibición de las llamadas fiestas ‘rave’, concentraciones o quedadas masivas al aire libre con música electrónica,  debido a que la aplicación del decreto que las prohíbe podría extrapolarse a manifestaciones políticas.

“Dos figuras del enemigo y del peligro forjadas en los últimos treinta años -los inmigrantes irregulares y los jóvenes de las raves y los centros sociales-, las cuales han sido utilizadas como blanco para golpear más en profundidad, con el objetivo de debilitar las prácticas colectivas, evidentemente consideradas un problema por parte de quienes quieren mantener el estado presente de las cosas dentro de una crisis socioecológica y de legitimidad política de dimensiones históricas”.

No quiero cerrar este texto sin visibilizar, aún más, la primera sentencia en España que condena a un ciudadano por difundir noticias falsas y xenófobas. La resolución judicial que conocimos esta semana afecta a un guardia civil que publicó en twitter un vídeo falso que señalaba a un menor inmigrante no acompañado (Mena) como autor de una agresión en España a sabiendas de que las imágenes habían sido grabadas en China.

Es tal  el odio que desprende en su ‘fake news’, que este sujeto, que aceptó la condena por un delito contra los derechos fundamentales, pero que escapa de la cárcel, publicó en el mensaje que acompaña las imágenes: “aquí tenéis el vídeo del mena marroquí de Canet de Mar, a esos que le vamos a dar la paguita hasta los 23 años, los niños de Pedrito Piscinas. Por cierto, luego para más inri viola, estos energúmenos y estas manadas de marroquíes no saldrán en los medios”. Y el vídeo publicado tuvo 22.000 visualizaciones, no sé si el mismo alcance que tendrá el destape de su mentira.

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