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Del duelo normal al duelo imposible

 En la ‘zoociedad’ de machotes cuesta llorar, sin embargo, ante una desgracia tan grande como la pérdida de un ser querido, el llanto es la expresión más natural de la pena, aunque en el fondo no lloramos por el muerto, sino que lloramos por nosotros mismos, por el vacío que nos deja la persona fallecida.

Es una de las reflexiones de la conferencia virtual impartida el pasado 2 de agosto por el doctor Marcos Gómez Sancho, referente internacional en Medicina Paliativa, descrita por él como “uno de los avances más importantes de la medicina de hoy”.  De su exposición, también recojo el título de esta columna.

El doctor Gómez Sancho, expresidente de la Comisión Central de Deontología de la Organización Médica Colegial de España, fue precursor de la primera unidad de cuidados paliativos de Canarias, también de las primeras del país. Su trayectoria y reconocimientos son más que suficientes para aceptar la invitación de Aula Interdisciplinar y sentarse frente al ordenador, un domingo, durante más de hora y media, para entender mejor la difícil tesitura de humanizar el proceso de morir en el que confluyen aspectos técnicos y humanos. 

Sufrir cuando muere un ser querido es normal, aunque por circunstancias de la muerte, accidentes, suicidios o asesinatos, hay duelos que son casi imposibles de llevar.

Ante situaciones de enfermedades crónicas o degenerativas, el Dr. Gómez  apunta el concepto de duelo anticipatorio: “empieza para la familia y el paciente desde el diagnóstico de la enfermedad”.  Lo dice con naturalidad porque es un hecho real, aunque quizás no seamos conscientes del momento. Tan natural, que nos volcamos con el enfermo, con su cuidado, acompañándolo, una etapa crucial para llevar el duelo definitivo de una forma “más sana y equilibrada”.

Los cuidados paliativos ayudan, pero lo dice toda una autoridad en la materia, “la tarea es de la familia”.  En 2017, cinco meses después de la muerte de una de mis hermanas, víctima de un cáncer, asistí  a las jornadas presenciales 'Cuidados al final de la vida', en el hospital Dr. Molina Orosa de Lanzarote, también organizadas por Aula Interdisciplinar.

Allí comprendí, desde el punto de vista profesional, lo importante que había sido arroparla, por dos razones básicas, una, el ánimo que le transmitimos alimentando su esperanza, y otra, el necesario acompañamiento en su época más difícil, y no un acompañamiento limitado a la presencia física, sino un acompañamiento espiritual, que no necesariamente siempre es religioso.

Cuando se trata de una larga enfermedad, es inevitable el agotamiento físico y mental, del paciente y de la familia. El Dr. Gómez describe el periodo inmediato tras la muerte  como la etapa de ‘choque’, donde no interiorizamos la muerte del ser querido. Asumimos el fallecimiento de la persona solo hasta las honras fúnebres, allí en el cementerio, en ese momento que se cruzan la solemnidad de familiares y allegados y los oficios religiosos, cuando los hay,  con el trabajo del sepulturero que cumple su rutina laboral. “En ese momento de despedida se consolida la realidad de la pérdida y al tiempo se recibe la solidaridad de la comunidad”.

Luego de esta cortísima etapa de choque, viene el periodo más largo, el de la depresión. Explica el Dr. Gómez que se manifiesta en un desinterés por todo y el recuerdo permanente de la persona desaparecida.  Después llega el momento de mirar al futuro con nuevos deseos. “Aceptar la muerte y recordar con alegría la memoria de la persona”, advirtiendo que hay factores que no hacen fácil el duelo, entre ellos, la duración de la enfermedad y la agonía del paciente. Tampoco es fácil cuando el enfermo ha sufrido dolor y/o delirio, cuando es muy joven o cuando el cuerpo queda muy deteriorado. Vuelve el verbo aceptar.  “Aceptar la realidad de la pérdida es difícil, pero imprescindible. No hay que momificar el ser”.

Si pensamos tranquilamente, ha tenido que ser muy duro para los familiares, que en la época más cruda de la pandemia, ni siquiera pudieron decir adiós a sus seres queridos. Por no poder, tampoco pudieron acercarse al féretro y mucho menos ver el cuerpo. “Con el covid no hay duelo anticipatorio. No hay tiempo de prepararse, y encima los familiares no pueden colaborar con el cuidado del enfermo”.

Luto solitario, un duelo cruel e imposible. Si en España han fallecido 28.500 personas por covid -19, y por poco que tengan, cada fallecido tiene a su alrededor unos cinco familiares, hay entonces más de 142.500 personas que demandan asistencia psicológica, un problema de salud casi “invisible”. A pesar de todo, aunque cueste aprender a vivir sin una persona, tenemos la capacidad de afrontar nuevos retos e ilusiones. En eso consiste el trabajo del duelo. Hay profesionales para ayudar.

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