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“Okupaciones” hospitaliarias

 

Podría ser la ficción imaginada por un buen guionista de cualquier estudio cinematográfico famoso. Se trataría de poner en valor la experiencia personal de un paciente que llega al hospital gravemente enfermo y, después de ser curado, decide (o deciden por él) quedarse a vivir en el hospital.

Seguramente en los hospitales americanos esta opción, con una medicina privatizada y carísima, no se dé ni sea creíble. Pero en el sistema público español es otra cosa. Y en el canario, claro, que es tan español como el de Castilla o Andalucía. En la imaginada película, el guionista confrontaría las contradicciones varias que se producen ante ese hecho. En primer lugar, las personales, sociales y familiares. Una persona que prefiere  (o prefieren sus familiares) vivir entre enfermos y encerrada que en libertad y en la calle. Una familia que deja abandonado a su pariente en el hospital, desatendiendo su obligación de asistir a su padre, abuelo, hermano o lo que sea. Una sociedad que mantiene a un sano en una cama hospitalaria mientras su sistema muestra un déficit vergonzante de camas para enfermos que se desesperan en listas interminables mientras empeoran de sus dolencias.

Son muchas variables para interrelacionarlas en un texto improvisado. Pero, lejos de ser fruto de la imaginación de un cuentacuentos profesional, es una realidad que se da en Canarias cotidianamente y se agrava cada día. En 2021, las autoridades sanitarias canarias reconocían en el parlamento que tenían 341 personas con el alta médica viviendo en los hospitales, donde no se dan las mejores condiciones para ellos y donde ellos no reúnen condiciones para hurtarles la cama a 341 enfermos que esperan entre miles su ingreso. Pues ya no son 341, ahora son 500 personas, sin criterio médico, con el alta firmada por el correspondiente facultativo especialista de área, las que ocupan otras tantas camas hospitalarias. Así lo reconoció hace unos días la nueva consejera de Sanidad, la nacionalista y psicóloga Esther Monzón.

Me produce una enorme desazón que haya familiares que dejen abandonados a sus parientes en un hospital. Seguramente después esas mismas personas lleven a sus perros religiosamente al veterinario, a la peluquería canina y hasta a dar un paseo por la avenida, recogiendo sus heces con detenimiento y esmero como ciudadanos ejemplares. Pero deciden que al familiar lo cargue la sociedad, que lo limpien las enfermeras y lo saluden los médicos mientras goza de salud. No solo son insolidarios con su familiar, lo son con toda la sociedad, muy especialmente con los enfermos que esperan una cama para recibir los cuidados especializados de un hospital y se quedan en la puerta boquiabiertos esperando que salga el que la ocupa sin derecho ni razón.

Tampoco me producen mejor impresión que esos familiares los gestores nuestros de lo público. ¿Cómo es posible que el mismo gobierno que gestiona servicios sociosanitarios y sanitarios no deriva con normalidad e inmediatez un “olvidado” en el hospital de forma que deje de ocupar la cama sin dañar su calidad de vida? Y, por supuesto, hay que actuar de oficio para exigir las responsabilidades patrimoniales que devenga del mal uso de un recurso público escaso, estratégico, vital y ampliamente demandado por familiares insolidarios, cuando los haya.

Es que no estamos hablando de un caso excepcional, de ese suceso rarísimo en el que una persona se queda atrapado en el hospital entre la maraña inconsistente de una burocracia sorprendida por algo nuevo e inesperado. Nada de eso. Se sabe ya que hay incluso casos en los que los propios familiares llevan al hospital al enfermo con la pretensión premeditada de dejarlo allí como solución a lo que entiende como un problema que no quiere o no puede arreglar. Son “okupaciones” en toda regla. Con lo que queda claro que, si no se actúa, serán muchas más las camas “okupadas” por sanos que por enfermos.

En esta diabólica situación, la trama ideada por el guionista sería intentar contar qué tiene que hacer un enfermo de verdad para echar de su cama hospitalaria a un sano olvidado allí y él meterse dentro hasta que sane. Ni un día más, que sería lo lógico. Pero ya ven, ese comportamiento que parecía hasta ahora el normal podría convertirse en atractivo para ambientar una película entre cómica y trágica.

Urge una respuesta. Si no son capaces de solucionar cosas así, cómo nos vamos a creer que mejorarán la sanidad, que recortarán las listas de espera y que nos darán el mejor trato sanitario. ¡Penoso! ¡O de película!

Comentarios  

#1 Observador 23-08-2023 11:45
Parece de cienciaficción. Un abuso en toda la extensión de la palabra. La autoridad, que no el autoritarismo, hay que mantenerlo en todo momento y circunstancia. Que cada cual afronte su responsabilidad. Abusos no.
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