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No seamos (tan) idiotas

Dos citas con la cultura y la academia a las que asistí esta última semana me sirven para machacar sobre dos asuntos, para mí, recurrentes e importantes, que seguiré aireando en la calle y en foros de debate y opinión: el pensamiento crítico y su desarrollo imprescindible a través de las expresiones artísticas. Hablando claro y directo, para que no traguemos entero y no nos dejemos meter el dedo en la boca.

Estudios de intervención pedagógica acreditan que el arte, desde el punto de vista del creador y el mensaje que desea transmitir o desde la orilla del disfrute y la contemplación,  es esencial para que los estudiantes aprendan a pensar y analizar ejercitando habilidades de observación, cuestionamiento y reflexión.

Los jóvenes, como los adultos, tenemos la oportunidad de cargarnos de razones no solo para evaluar la tempestad de informaciones que recibimos a diario de manera crítica pudiendo llegar a identificar el puño de falacias que se venden como verdades absolutas, sino que la lectura, la formación, el seguimiento de la actualidad con ojo crítico y la cultura nos ayudan a tomar decisiones y construir nuestro propio discurso.

La educación es la base de toda esta compleja estructura, y precisamente por eso, a gran parte de la clase política y el poder político y mediático al servicio del primero no les interesa ni promoverla ni mucho menos atenderla como se debe. Su nado es más apacible en aguas de la incompetencia e ignorancia, y como consecuencia, el conformismo asoma su cabeza.

Del seminario ConCiencia 2, la primera de mis citas de esta semana en Lanzarote, me interesé especialmente por la charla ‘El fracaso del pensamiento: una sociedad sin culpa’, del profesor y doctor en filosofía José Carlos Ruiz. Me gustó por su planteamiento y las habilidades comunicativas del orador.

Ruiz, fogueado en aulas de estudios de educación secundaria y universitaria, evita centrarse en el catastrofismo y a cambio, en una mirada más optimista, propone buscar la transformación y sensibilización de una nueva sociedad, sin desconocer las carencias del sistema educativo, la subordinación del planeta a la economía de mercado, la ausencia de referentes, el desprecio a la experiencia o influyentes factores que tergiversan la realidad y deshumanizan al ser humano como el uso pernicioso de redes sociales y la plaga de narcisismo anidado en ellas.

Delante del público, entre los que se contaba un buen grupo de docentes, invitó a cada profesor a convertir su clase en una especie de microcosmos, un mundo a escala reducida donde impere el pensamiento crítico impulsado por pequeñas acciones desde dentro que tengan fuera grandes aliados en el asociacionismo, las vivencias sociales y la articulación de distintas iniciativas de participación ciudadana. Con las humanidades en un discreto segundo plano, la educación cada día cuestiona menos. 

Después de esta jornada de crítica, autocrítica, libre expresión de opiniones, economía y medioambiente celebrada en la Sociedad Democracia, mi segunda cita cultural de la semana, y yo diría que hasta interactiva con el fondo del seminario ConCiencia 2,  fue en el teatro El Salinero con la obra ‘Estados Tabú’, escrita y dirigida por el artista lanzaroteño Salvador Leal. La propuesta escénica lanzada por la Asociación de Salud Mental El Cribo representa sin tapujos la realidad social de la salud mental, una preocupación que España apenas empezó a tomar en serio hace tres años cuando fue consciente del aumento de suicidios, conductas suicidas y episodios de tentativas.

La obra teatral interpreta estados de ansiedad, depresión, paranoia, bipolaridad y fobia, describiendo, inmersa en la mezcla de recursos creativos, actuación, diálogos, monólogos, escenografía, atrezo, banda sonora original y efectos de iluminación, estos trastornos cada vez más frecuentes en una sociedad de prejuicios y con escasos programas de prevención que los esconde y desatiende y que encima arrincona a sus pacientes, obviando que todos y todas podemos estar a un paso de padecerlos, las estadísticas así lo demuestran.

Bien concebida y bien interpretada, ‘Estados Tabú’ pone sobre las tablas el arte como herramienta de pensamiento crítico, es un llamamiento a la reflexión, empatía y solidaridad, a no olvidar que los problemas de la colectividad nos atañen a todos, a admitir que el conocimiento humano es un bien público, que hay que invertir más y garantizar los servicios públicos de sanidad y que es necesario que nuestros comportamientos individuales se alineen con el bienestar común. 

No podemos ser (tan) idiotas, sí, idiotas, atendiendo la etimología de la palabra de origen griego ‘idiotes’ que se usaba para señalar a quien le importaba poco o nada los intereses públicos, solo sus intereses privados, o el significado más peyorativo que la RAE describe como tonto o corto de entendimiento. Ni idiotas, ni idiotes, más cultura y pensamiento crítico.

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