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¿En tu bici o en mi coche?

 

Me gusta comprobar las cosas que me comentan con formato crítico. E investigar de forma empírica aquella opinión que me voy haciendo yo mismo por percepciones inconscientes o deliberadamente de una realidad próxima. Tengo la impresión de que en Lanzarote se construyen muchos relatos de forma artificiosa e imprudente. Personas con poder que se inventan una realidad que nos asfixia la de todos. Escucho hablar a políticos y a falsos especialistas públicos insulares (son simples enchufados colocados a dedo en puestos de mucha responsabilidad y mejores sueldos)  sin ton ni son, con el único propósito de hacerle creer a la gente que lo que está pasando realmente no está pasando y que son los miedos de los residentes en la isla los que producen esas alucinaciones sociales. Así que no queda otra que bajar al laboratorio, coger la pipeta y ponerse a investigar.

Quise empezar con un tema que no existe. En Lanzarote, según nuestros políticos, desplazarse en bicicleta es una de las grandes experiencias turísticas que se pueden llevar a cabo. De hecho,  fue voluntad de ellos poner a la isla en el mapa de destinos turísticos deportivos premiun. ¡Qué bonita y manoseada palabra esa de “premiun”! Yo no sé si que un coche te empotré contra una pared, o contra la mismísima lava, mientras te desplazas en bicicleta se puede considerar “turismo experiencial”. Si es así, si ese riesgo manifiesto se puede considerar de esa manera, entonces sí, Lanzarote es un “destino de cojones” ( “premiun”, en castellano vulgar).  Realmente es una emoción muy fuerte encontrarte con un pelotón de 10 ciclistas subiendo de Maciot a Femés mientras tú estás yendo en sentido contrario y vez unos diez coches en marcha fúnebre detrás de ellos. La estrecha carretera, sin arcén alguno, donde apenas pasan dos coches, al borde de un precipicio, es todo un chute de adrenalina, impagable en botica.

El pasado domingo, aprovechando que tenía a una de mis hijas de visita en la isla, me recorrí sus principales carreteras. Y sudé, chico, la gota gorda al volante. Me imagino a los pobres turistas engatusados por nuestro servicios de propaganda turística pedaleando con un ojo en la carretera y el otro en el culo para saber cuánto de cerca estaba ya la cola de coches de sus traseros. ¡Qué pocos accidentes hay en Lanzarote para las repetidas situaciones de peligro que se dan en la isla permanentemente!

Tenemos una isla con una de las mayores concentraciones per cápita de coches del mundo. Casi un coche por residente, al margen de su sexo, edad o condición social. Es verdad que esos coches, la mayoría, no están al lado de la cuna de quién hipotéticamente nace en Lanzarote con un coche, sino que se lo “prestan” a los más de tres millones de turistas que nos visitan anualmente, a través de las empresas de “rent a car”. De hecho, empresarios lanzaroteños tienen una de las empresas de coches de alquiler más grande, mejor dotada y más rentable de toda España. O sea, en una isla donde el transporte público es claramente deficiente, con unas guaguas dimensionadas al interés de quien las explota y no de quiénes las usan y unos taxis fraccionados por municipios y que actúan a su libre albedrío, las carreteras son de los coches. Más y más coches conducidos por residentes, que no tienen otra opción fiable, y  en las manos de turistas que se mueven completamente despistados, por el desconocimiento del lugar y por el interés de desplazarse observando el paisaje.

¿Y cómo están las carreteras? Bien asfaltadas, eso sí. No hay que olvidar que tres de las grandes empresas de la isla, que han prosperado de lo lindo, se dedican al negocio del empichado. Pero la mayoría ni tiene arcén, ni el ancho de vía aconsejable, ni los aliviaderos necesarios para que los turistas paren a hacer fotos o a observar el paisaje sin crear situaciones de peligro. Las vías son claramente deficientes para la presión mayor y creciente que ejercen los coches de unos turistas despistados y unos residentes estresados para llegar a tiempo a sus trabajos u otras obligaciones.

¿Cuál es la solución “made in Lanzarote” para solucionar ese problema? ¿Acaso apostar por desarrollar el transporte público, ampliar los anchos de la vía, mayores controles de tráfico? ¡Qué va, eso es demasiado fácil! Aquí decidimos llenar la isla de bicicletas, hacemos promoción turística recomendando a los equipos que vengan a entrenar a Lanzarote. Vengan a Lanzarote, sol todo el año, entrena en el paraíso. Solo les falta robarle a la capital del reino aquello “de Madrid al cielo” y destacarlo en la campaña de promoción.

Desplazarse en coche (en bici, no se me ocurre ni harto de vino) por la carretera de Timanfaya es una invitación a la desesperación. Sin arcén alguno, doble sentido, fila de coches para arriba y fila de coches para abajo. Y, en medio, un kamikaze con casco bajando a 70% kilómetros por hora a la vez que sube un pelotón  de ciclistas a 0,5 km/h. Intentos continuos de rebasamiento que son suspendidos al ver el peligro que se te acerca en sentido contrario. Y así hasta que lo superas y te pones detrás de una viejita con bicicleta eléctrica que todavía no ha descubierto que puede acelerar sin darle a los pedales y que podría acercarse más al borde que el volcán no muerde. De Soo a Famara más de lo mismo. De Famara a Teguise, peor. De Teguise a Haría, ni te cuento. Incluso los que suben de Haría a los Valles, en el Malpaso, en un lugar lleno de curvas, sin visibilidad, se bajan de la bici y suben con ella a cuesta por el medio de la vía.

En algunos lugares, para completar la fauna de esta jungla, te encuentras a senderistas que conectan senderos a través de tramos de carretera y a motoristas domingueros que le ponen un poquito más de picante a situaciones realmente kafkianas.

En fin, toda una delicia desplazarse por carretera en Lanzarote. La movilidad de la isla es todo un ejemplo de caos y de insostenibilidad. Menos mal que disfruto de mi tiempo libre perdido por esos senderos de la isla que los políticos iluminados que tenemos se debaten entre cerrarlos al disfrute de los residentes o convertirlos en veredas para turistas, para que “otro de los nuestros” se haga de oro con excursiones a cambio de euritos contantes y sonantes.

En fin, bienvenidos al paraíso. La cuenta corre a cargo de los residentes pobres de la isla. Todo sea por seguir haciendo más ricos a cuatro empresarios y a sus políticos de cabecera.

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