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Opinión

Mis jueves otoñales de antaño

 

En aquellos últimos años de la década de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, los novios seguían teniendo los jueves como día de visita de las casas de sus probables futuros suegros. Se sentaban a la tardecita, no más tarde las nueve de la noche, en el salón de la casa, al lado de la novia, pero sin pegarse demasiado que, en cualquier momento, podían entrar, sin avisar, algún hermano o los propios padres de la muchacha con la excusa de ir a una u otra habitación. Yo no tenía edad todavía de esos menesteres. Mis jueves eran tan deseados por irme a cazar, no a casar.

Los jueves y los domingos, desde el primer domingo de agosto hasta el primero de diciembre, se levantaba la veda. Los domingos iban mis hermanos con sus amigos y me llevaban a mí. Pero, los jueves,  sus obligaciones laborales me permitían a mí echarme al campo sin el control ni supervisión de ellos. Por la mañana iba a clase, hasta las dos. Salía casi corriendo, llegaba a mi casa, me cambiaba de ropa, comía casi de pie, ante el cabreo de mi madre, y me iba. A veces me acompañaba Juan Jesús Betancort, un poco mayor que yo pero que aceptaba que liderará el rastreo. Metía el hurón en el corcho, soltaba a las perras, a la vieja Paloma y a su hija Zira, y salía hacia Peñas Blancas y Peña del Gato, cruzando el enarenado de la trasera de mi casa, saltando desde la era de los Bilbao a la Alcogida de los Barreto y cruzando la carretera de Conil a la altura del camino de Peñas Blancas. Aquí ya empezaban las perras a separarse y encontrarse mientras seguían rastros frescos de conejos ya en alerta por lo avanzado del periodo de caza.

La caza con perro y hurón, sin escopeta y sin intromisiones en el trabajo de los animales, es una manifestación casi natural entre depredadores y roedores herbívoros. Eres casi un mero observador. Me gustaba mucho ver la elegancia con la que mis queridas perras se movían por el campo, buscando entre aulagas y paredes el esquivo conejo. En realidad, las perras eran de mi hermano Ángel, aunque dejara a mi cargo su cuidado diario. Mis perras, aunque no eran mías, eran uno de mis principales capitales. Les echaba agua y comida, vigilaba que no se llenaran de parásitos y las soltaba todos los días un rato para que estirasen la patas.

El hurón muerde

 El hurón ya era otra cosa. Lo llevaba porque era necesario para sacar los conejos de las paredes y las bocas, que así llamábamos a las cuevas de entrada pequeña y largo recorrido subterráneo en el que se escondían los conejos nada más detectaban nuestra presencia. Pero no me gustaba. En realidad, me daba miedo aquel bicho con una flexibilidad casi infinita y una velocidad de movimiento de la cabeza imprevisible. Me mordió muchas veces. Unas cuando lo iba a sacar del corcho, el transportín que usábamos para llevarlo, y otras al querer recuperarlo después de meterlo en la pared. Había que cogerlo por el cuello, si lo cogías ya no había problema, no llegaba a morderte.

El momento peligroso era el del lance. Cuando creías que no te estaba viendo y acercabas tu mano a su cuello de forma rápida. Y sentías el dolor de sus dientes clavados en el pulgar y el calorcito de la sangre extenderse por el interior de la mano. Te retirabas de un salto y maldecías al animal. Era más fácil cogerlo cuando ya tenías alguna pieza. En ese caso le acercabas el conejo y el hurón se tiraba a él ciego de rabia y voracidad y no se percataba de la llegada de tu mano cautivadora. Al final acabamos cogiéndolo por el rabo, parecía más seguro porque no llegaban con su boca a la punta del rabo. Y así convivíamos. Pero no me gustaba. Cero patatero. En cambio, mis perras eran todo lo contrario.

La mayoría de las veces, en esas tres horas contadas de luz de las tardes otoñales, no cogíamos pieza alguna. Pero, en cambio, siempre dábamos con algún conejo que nos ponía delante el escenario de recreo buscado. A veces, el encuentro se producía al lado de unas tuneras, otras en una aulaga, o debajo de la higuera que había en la hoya de Peña del Gato o en alguna pared o paredón de los muchos que hay en la zona de Tías. Cuando el encuentro se producía en una pared, me gustaba menos. Significaba que el personaje que tendría que entrar en acción era hurón. Había que sacarlo del corcho, meterlo en la pared y desear que el conejo no quedara bloqueado en algún recoveco y que lo matara dentro. Si era así, perdíamos toda la tarde quitando piedras, desmontando la pared, para coger la pieza y recuperar el hurón, que se queda por horas succionando la sangre de la yugular de la pieza ya vencida.

La soledad deseada de los jueves de caza

A mí, lo que me gustaba de esos jueves, era la posibilidad de pasear por el campo. Si estaba recién llovido, con el día nublado, y el ambiente cargado de iones positivos, mucho mejor. Me ponía alegre, aunque el hecho de que el suelo estuviera mojado complicaba el rastreo de mis dos perras. Me encantaba verlas, con su caminar alegre, moviendo su rabo, afanándose en encontrar la pieza deseada. Una, Paloma, que había sido un portento de cazadora, aunque no era una podenca con pedigrí sino fruto de una mezcla entre canes con celo y recelo en un pueblo donde siempre se oían perros ladrando, prefería olisquear las paredes. Conservaba un buen olfato, a pesar de los años. Cuando la veía saltando de un lado para otro, encima de una pared, moviendo el rabo como si no hubiera un mañana, salía corriendo hacia ella porque ya sabía que allí había pieza. Al poco, empezaba a ladrar. Tocaba huronear. Mi gozo en un pozo. En cambio, Zira, cuando no iba detrás de su madre, se entretenía buscando en las aulagas. Y todavía alguna vez se quedaba jugando con lagartijas en lugar de centrarse en la búsqueda de los conejos.

Dos perras, un conejo, un espectáculo de la naturaleza

El momento estelar, el más bello de la jornada, era cuando veías a las dos perras, una detrás de la otra, progresar, entusiasmadas, detrás de un rastro fresco. Desde lo alto de una pared, de pie y expectante, ves, de pronto, que las dos perras se quedan paradas, con el rabo tieso. No se mueve nada, hasta el viento parece que se ha ralentizado. Solo ves dos perras y una aulaga delante de ellas. Pero ya sabes que hay alguien más agazapado detrás de ese arbusto. Seguramente ya se ha dado cuenta de la presencia canina y esté atemorizado. Y ya ha movido alguna parte de su cuerpo, porque los rabos de las perras dejan de estar quietos para moverse como veletas sin control. Y estalla la sinfonía de Beethoven.

El conejo sale a toda mecha, en busca de una guarida y mis perras, que no son mías, salen detrás de él con alaridos entre festivos e intimidatorios. Durante unos doscientos metros ponen a prueba sus velocidades, sus estilos de carrera, y la capacidad para soportar quiebros y cambios de sentido. Al rato, una perra va para un lado y la otra para el otro. Ambas dando saltos de desconcierto. No ven al conejo, cruzó una zona de piteras y se hizo invisible para ellas. Hoy ganó el conejo, nos volvemos a casa con las manos vacías pero el corazón contento. Las perras llegan a casa, exhaustas, hambrientas. Les pongo agua, comida y espero a verlas acabar. Me miran, se meten en sus respectivas casetas, se enroscan en sí mismas y se quedan dormidas. Fin de un jueves de otoño feliz. Quizás ahora esté algún vecino o vecina enamorando con su novia o novio, pero dudo mucho que puedan superar, al final del día, la satisfacción que me dan mis animales estos días, estos jueves.

Los jueves eran míos, los domingos yo era de ellos

Los domingos de caza eran completamente diferentes. Ahí yo era el niño, el hermano pequeño, algo así como la carabina que acompaña a las nuevas parejas por orden de los padres de la chica. Me gustaba pero yo no era nadie. Me protegían pero no me pedían opinión ni me dejaban actuar, aunque me lo pasaba bien con mis hermanos, con los hermanos Emiliano y Eugenio Martín Duarte, con Manolo El Mecánico, con Teodoro, con Luis, con los hermanos Fontes, con mi primo Manolo, con todos con los que íbamos los domingos a cazar, por expreso deseo de mis hermanos, que eran los que decidían con quién y adónde y cómo íbamos a cazar los domingos. Debo reconocer que conocí muchas zonas de Lanzarote, entre ellas Los Ajaches, Famara, Pechiguera y las paredes de Tahíche, gracias a estas salidas al campo en cuadrillas de caza, con amigos, perros y hurones.

También aprendí a hacer un corcho, el traspontín donde llevábamos el hurón. Había que buscar primero, entre las piteras silvestres que había por Peñas Blancas, un pitón bueno. Había que cortarlo y quedarnos con la parte de atrás. Dejábamos un trozo de unos 25 cms. el más gordo, y lo vaciábamos por dentro, le colábamos una placa metálica fija por un lado, con agujeros para que respirara el animal,  y por el otro, también metálica, preparábamos una puerta con su correspondiente ganchillo para cerrarlo. Le ponías una correa para llevarlo al hombro y ya estaba. También se compraban hechos.

La tarde que casi pierdo a Paloma

Hubo un día, uno de los últimos jueves que fui a cazar, que me llevé el peor susto, fue el día que temí por la vida de mi querida y vieja Paloma, que en realidad no era mía. Ese día decidí ir a la falda de la montaña Bermeja, cerca de Conil. Vi a la Paloma quieta, delante de una pared, y movía la cabeza de un lado a otro, como intentado ver mejor lo que estaba viendo no tan bien. Creí que estaba viendo un conejo y le grité "entra" para que fuera a por él. La perra respondió de forma inmediata a mi requerimiento y cogió por la barriga a su presa, que le clavó las uñas en la cara y se quedó agarrado allí desafiante, haciéndole un daño terrible a la perra. Obviamente, no era un conejo. Era un gato salvaje o asilvestrado y la perra estaba en peligro. Me puse nervioso, no sabía qué hacer, tenía miedo que se me tirara a mí si me acercaba y, por otra parte, temía la reacción de mi hermano cuando viera a su perra, que sí era de él, malherida. Entonces pasó algo completamente inesperado y desconocido para mí. Paloma se va hacia una piedra que sobresalía afilada del terreno, con el gato empotrado en su cara ensangrentada. Se acerca a la piedra, levanta el cuello lo máximo que puede y empieza a golpear con enérgica voluntad al gato hasta que este cae sin vida al suelo. Se alejó del lugar y vino, dócil y dolorida, a mi lado. La acaricié y salí corriendo para mi casa a curarle las heridas. Pero aquella reacción de mi Paloma, que no era mía pero yo si era de ella, no he podido olvidarla nunca. Una perra que ya superaba los diez años, que tenía problemas visuales, acaba de actuar, por puro sentido de la supervivencia, de una forma que yo consideraba exclusivamente reservada a los humanos.

Historias del campo

Tengo mil recuerdos de aquellos perros y perras que vivieron con nosotros en nuestra infancia. Paseando con ellos por el campo, viéndoles disfrutar mostrándonos sus habilidades, acompañándome en tardes de jueves de soledad deseada. Aquella forma de cazar, en aquel ambiente rural de mi Tías natal, nunca me pareció una agresión a nada. Era disfrutar de la naturaleza. No tenía nada que ver con aquella imagen de muerte, truculenta, de la matanza que nunca pude resistir. Esos recuerdos forman parte de mi infancia, como todos los demás, y gracias a aquellas aventuras puedo decir que conozco los alrededores de Tías como la palma de mi mano.

  • Escrito por MANUEL GARCÍA DÉNIZ

Martín, mi nuevo héroe

 

 

Acababa de aterrizar en Lanzarote de regreso de Asturias. Desde que anunciaron que ya se podían usar los móviles, encendí el mío. Fue solo un flash, vi a dos niños luchando.

  • Escrito por MANUEL GARCÍA DÉNIZ

Migratlantes

Acepté la invitación del Gobierno de Canarias y fui al segundo Encuentro de Migraciones Atlánticas a contar parte de mi experiencia como migrante de Barranquilla a Canarias hace 21 años en el contexto social de entonces y la situación política,  social y económica actual de mi país, en un coloquio junto a la colega periodista Yira Arredondo, también colombiana, ella oriunda del Departamento de La Guajira,  por tanto ambos hijos del Caribe colombiano, pero también fui a Migratlantes con la finalidad de aprender de las experiencias narradas por otros ponentes de distintas nacionalidades, y vaya si lo hice.

  • Escrito por Alex Salebe Rodríguez

 Más reconocimiento profesional para el profesorado y más recursos para la enseñanza

La falta de liderazgo del Ministerio de Educación está impidiendo mejorar las condiciones de trabajo del profesorado, que continúa con las mismas ratios y horario lectivo que hace 30 años. Además, se presiona al docente con una innecesaria burocracia que en nada mejora la enseñanza, que padece los mismos problemas estructurales de hace tres décadas. La implantación de la LOMLOE está suponiendo un ataque a la autonomía pedagógica y a la libertad de cátedra, con unos currículos tardíos elaborados a espaldas del profesorado.

  • Escrito por Jesús Manuel Díaz Lorente, delegado del CSIF

El autostopista político

Saben adónde van pero no con quién. Y no les importa mucho. Se tiran a la vida política de la misma forma que el autostopista afronta la carretera.

  • Escrito por MANUEL GARCÍA DÉNIZ

Por un hogar sin violencia machista

 

 

Hoy, 25 de noviembre, día contra la violencia de género, me gustaría invitarles a reflexionar sobre el sistema público que tenemos actualmente para combatir una problemática social creada por una sociedad históricamente patriarcal.

  • Escrito por Daisy Villalba, secretaria Nacional de Sanidad y Servicios Sociales de Nueva Canarias

Rico, ladrón, criminal y falsificador

Prometí que trataría de no dar más ruedas de prensa para responder a cada uno de los capítulos del vergonzoso serial que me dedican día tras día ciertos medios de comunicación y, si no fuera porque la cosa es muy seria, me daría hasta la risa al leer las barbaridades que, elaboradas por Carlos Espino y Dolores Corujo, se publican sin contrastar jamás con los afectados, y no porque yo me niegue sino porque sólo parece interesar la versión de quien paga la noticia.

  • Escrito por Pedro San Ginés, portavoz Adjunto del Grupo Nacionalista CC-PNC en el Cabildo de Lanzarote.

La Sociedad Unión Sur de Tías, el centro social y lúdico de Tías

 

 

Agricultores, marineros, pescaderos, ganaderos, comerciantes, maestros, obreros, zapateros, herreros, incipientes freganchines y camareros y vecinos de toda índole, edad y sexo tenían un soco común en Tías, en los años 60 y 70, para divertirse juntos, lejos de los rigores de la intemperie. Los agricultores, la agricultura era la principal actividad del pueblo, llegaban apuraditos del campo, le quitaban las cestas y la albarda al burro, le ponían un balde de agua para que el animal saciara la sed y lo llevaban a su cuadra. Seguidamente, empezaba la operación aseo, para ir al baile, sin dejar huella ninguna de la ajetreada mañana que tuvo en la finca, cogiendo tomates, cargándolos, apartándolos y encasillándolos antes de dejar las cajillas amontonadas en el camino para que el intermediario/exportador se las llevara a su empaquetado de tomates. En realidad, la operación aseo comenzó en la misma finca, cuando se restregó un par de tomates verdes en sus manos para quitar la suciedad que habían dejado en sus manos los que estuvo manipulando a lo largo del día. A veces, tiraba también de unas matas de barrilla, que tenía resultados excelentes en la limpieza, no en vano fue n gran productor de exportación en el siglo XVIII y XIX, para la fabricación de jabones porque tenía sosa.   

 

A las diez de la noche, ya no quedaba rastro de aquel paisano  que montado en burro llegó a su casa con la ilusión de que era sábado y tocaba baile. Parecía otro, casi salido de cualquier avenida de esa Nueva York que él no veía ni por televisión porque no tenía, y que años más tarde solo veía en blanco negro. Bien vestido, contento, bien perfumado, ya se imaginaba balando con alguna joven de Tías, quizás hasta con ella que tiene mirada desde chico pero que parece que está por otro. Y, allí en el patio de su casa,  con mucho cuidado de no romperse la cabeza contra las jardineras de los helechos, imaginaba los movimientos de un vals, de un paso doble o de unas folias al lado de un cuerpo femenino prieto, de linda sonrisa y ojos saltones. Se creía que ya estaba en la sala de baile, en medio de la pista de la Sociedad Unión Sur de Tías. Pero sabía también que él no se atrevía a invitar ni a su propia hermana si no se echaba un par de rones secos antes. Dos o cuatro, dependía si pasaba antes de entrar en el bar de la Sociedad, por la esquina en la que estaba el Bar Tres Copas, el de Antonio Pérez, pegado a la misma Sociedad.

La Sociedad Unión Sur Tías que conocí     

La Sociedad Unión Sur de Tías marcaba el punto neurálgico del pueblo y era el centro social y lúdico de todo el municipio, hasta que comenzó a desarrollarse turísticamente Puerto del Carmen y empezaron a aparecer numerosos espacios de ocio en el litoral costero. Sí había fiesta en Tías, había actos en la Sociedad. Mantenida con el esfuerzo de los socios, que eran casi todos los vecinos varones, las mujeres no pagaban, cuando yo nací ya llevaba más de una década funcionando, desde mediados los años cincuenta.

Íbamos a la Sociedad a ver lucha canaria, a conferencias, a participar o ver actos de las fiestas, a echarnos un refresco en su bar y, sobre todo, a bailar. Durante el invierno, en verano también se sumaban las verbenas de las fiestas de los distintos pueblos, la única forma de acercarse a una chica con la excusa de bailar era ir a los bailes de la Sociedad de Tías o de San Bartolomé. Se turnaban, un fin de semana había baile en Tías y el siguiente en San Bartolomé.  Así íbamos todos a todos. Mantengo gratos recuerdos de mi etapa adolescente, con catorce años, aprendiendo a bailar en mi casa, para ir a los bailes asaltos, que eran por la tardecita, y a los asaltos prolongados, que duraban hasta las doce. A partir de esa hora, ya eran bailes/bailes y solo dejaban entrar a los socios y a los forasteros que pagaban la entrada.

A ritmo de pasodobles

Aprendiendo los pasodobles, con aquella carrerita para delante de pasos, parada, paso atrás, y otra vez carrerita hacia adelante. Nunca aprendí a bailar. Había vecinos que eran verdaderos espectáculos bailando. Yo lo era por lo contrario. Por mucho interés que pusieran mis hermanas, nada. Yo practicaba hasta con la escoba, pero no había manera. Pero, claro, cuando llegaba al baile y veía alguna chica que me gustaba, se me olvidaba que no era una buena idea invitarlas a bailar. Pero es que tampoco había otra manera de acercarse a ellas sino era para bailar. Estaban con sus madres y desde que te quedabas un rato y no bailabas, la madre interpretaba que a su hija no le interesabas y te mandaba con viento fresco a otro lado, para desocupar y que viniera otro mejor armado. Así que las invitaba, y dependiendo de la canción pisaba más o menos a la pobre chica. Que se escapaba huyendo desde que acaba la canción en la que mi zapato del 45 se chocaba con sus pies de princesa.

La pista de baile es un círculo en el que gira la actividad del inmueble rectangular que acoge la Sociedad. A su alrededor, hay un espacio donde madres, hijas y pretendientes se movían a su gusto en espera a salir a bailar. Tiene una segunda planta, donde se guarda el mismo espacio para el tránsito de las personas y desde la que se podía ver lo que pasaba en la pista. Arriba, a la izquierda de la escalera, en la parte sur, se solía improvisar una barra para despachar copas y así aliviar al bar de la Sociedad del tumulto. La cosa consistía en dar vueltas  y más vueltas, mirando al personal hasta que encontraras a alguien que quisieras invitar a bailar y te atrevieras a hacerlo. En esa época, solo los hombres invitaban a bailar, las mujeres jugaban un papel pasivo, vigiladas por sus madres. En mi infancia, se vieron los últimos momentos de esas imágenes machistas que ya iban desapareciendo.

Estrategias para invitar a bailar

A la hora de bailar, cada hombre, cada chico, tenía su estrategia. Estaba el que las invitaba a todas, así alguna picaba. O el que no invitaba sino a una, porque entendía que nadie quería ser segundo plato, y la segunda te diría que no, para no ser menos que la primera. Estaba también el que observaba detenidamente. Y después sólo invitaba a la que bailaba con todos o a la que nadie invitaba. El resultado parecía fácil de averiguar, pero no siempre la que nadie invita, baila con el primero que llegue. Aunque no es una locura llegar a la conclusión que el nivel de elección es bajísimo. En mi caso, la estrategia era invitar a la que me gustaba. No tenía ningún interés en bailar y mucho menos con una persona que no me gustara o, incluso, me desagradara. Eso ya me pasaba en mis horas de ensayo con la escoba entre mis brazos, con la radio a todo volumen, en el segundo patio de mi casa. Aunque no lo parezca, bailé algunas veces y me enamoré muchas. Pero siempre metía la pata. Las pisaba y se iban a que sus madres las consolaran hasta que viniera un príncipe azul, con pies más cortos y conocimientos de baile más largos.

Del baile a la lucha

Visto que el baile no era lo mío. Me dediqué a ir a ver las luchadas. Una de las primeras que recuerdo en la Sociedad, estaban luchando Domingo Ramos, Martín Fajardo, José Martín Camurria, Antonio Bermúdez,  José Valiente, que era nuestro ídolo porque era vecino de Los Lirios, y me senté al lado de los luchadores. A mí me llamaba mucho la atención los músculos de Camurria, era pequeño de estatura, pero ancho, con puro músculo, en piernas y brazos. Además, luchaba rápido,  se metía debajo  y lo mismo les cogía el muslo y se los echaba al cuello que les dejaba sentado de toque para atrás. A su lado estaban sentados dos niños, uno era de mi edad, más o menos, y el otro mucho más pequeño. Me puse a jugar con ellos. Años más tarde coincidí con ellos entrenando y luchando en el Arrecife juvenil,  aunque Toni todavía era infantil, y llegó a ser un gran puntal con el tiempo, y José, el mayor, acabo siendo mandador. Teníamos al padre de entrenador. 

  

En La Sociedad se celebraron luchadas hasta muy avanzados los años ochenta del siglo pasado. Había una puerta pequeña que, desde la sala de baile, pared oriental, daba a la parte trasera, en la que se encontraba abandonaba la plaza de toros de Tías. Sí, efectivamente, hubo una época, corta, en la que se celebraron corridas en Tías, y aquella plaza quedó abandonada allí. Pues allí detrás se amontonaba el jable que había que llevar, por los propios luchadores, al centro de la pista para hacer el terrero. Se ponían unas alfombras grandes y arriba se iban echando carretillas de jable hasta que quedaba un terrero coqueto. Se cogía la cal y se marcaba y a luchar. Al final de la luchada, cuando se iba la gente, los propios luchadores tenían que volver a coger la carretilla, quitar el jable y dejar aquello completamente limpio para que se pudiera celebrar el baile. La pista estaba diez centímetros por debajo del resto, con lo que había que poner un tablón para sacar la carretilla. A veces, con el golpe, se caía arena y había que estar barriendo de nuevo. No era como ahora, que llegas al terrero, te pones la ropa y a luchar. Acabas, te duchas y para casa. La primera vez que luché en la pista de baile de la Sociedad no creo que hubiera cumplido los diez años. Fue en unos juegos escolares, que llamaban Beñesmen, que nos enfrentamos a un colegio de otro municipio. Recuerdo que tiré a dos, o le di dos luchas a uno, que también puede ser, pero perdimos.   

Pista de baile circular en un edificio rectangular

La Sociedad era, y creo que sigue así, un edifico rectangular, de dos plantas en la zona de baile y una en la fachada, que tiene su puertas principale hacia la Avenida Central de Tías. Tiene dos puertas en el frontis, una va directamente al bar y la otra, junto al puesto de venta de entradas, da un pasillo que llega al fondo de la construcción, dejando a la izquierda habitaciones que se utilizaban para distintas actividades. La última, la del fondo, hacía de vestuario cuando luchábamos. La primera parte del pasillo transcurre entre las paredes de las habitaciones, a la izquierda, y la pared del bar, a la derecha. Al acabarse la pared del bar, el pasillo se bifurca, llegando un ramal al fondo, y otro va hacia la izquierda, hasta los baños. Así estos dos pasillos en forma de  “L” separa la zona de baile del resto, dejando a un lado del pasillo principal, a la izquierda, toda la parte administrativa y juegos de mesa, y hacia la otra el bar, que se comunica con el pasillo a través de una segunda puerta. 

 

Peleas de gallos, sangre a la hora de comer

A mediados de los años ochenta, empezaron a celebrar en Tías, los domingos al mediodía, peleas de gallo en esa pista de baile. Se llenaba de gente que venía de Arrecife y Teguise, sede de las principales galleras. Fui un día y no volví. Era un ambiente que te trasladaba a tiempos decimonónicos. Y mira que yo venía de la lucha canaria y no del golf. Pero aquel ambiente de apuestas, griterío, y gallos pequeños pero rabiosos dándose picotazos hasta que uno caía exhausto o muerto no me gustó nada. Además, toda la zona de pelea estaba llena de sangre. Y nadie parecía importarle nada más allá del resultado.

El mago que me costó una buena

Otro recuerdo que nunca olvidaré de la Sociedad es la actuación de un mago. Eran las fiestas del pueblo y habían organizado una actuación de un mago. Estaba prevista para las siete de la tarde pero se retrasó para empezar y después se alargó hasta casi medianoche. Estuve muy entretenido con los numeritos del mago. Y no me di cuenta que iba a llegar muy tarde a mi  casa. Mi madre no soportaba que no llegáramos a la hora que nos decía, siempre pensaba que nos había pasado algo y la espera se le hacía angustiosa. Yo tenía que estar en mi casa a las diez. Por mucho que corriera por la carretera Tías – Mácher hasta llegar al cruce de Conil y aceleré ya en el camino de Los Lirios, no podía darle para detrás a las manillas del reloj. Toqué en mi casa. Abrió mi madre  y me señaló el reloj que estaba colgado en la pared del salón. Me cayó la del pulpo. Ahí aprendí que las diez son las diez. Y no valen excusas.

El irrepetible Tomás Fernández

Recuerdo a muchos presidentes de aquella época. Los hermanos  Francisco y José Luis Bermúdez, Maximino Medina, Santiago Aparicio y Emilio Bermúdez, entre otros muchos. Cada año se celebraba la asamblea para elegir y casi todos los años cambiaban al presidente. También se vivió como una revolución cuando unos veinteañeros del pueblo se hicieron con la directiva, con Juan Pedro Valiente de presidente, con una directiva muy trabajadora, donde estaban muchos de los chicos de esa edad. Le dieron un vuelco a la Sociedad. Afrontaron obras, como la decoración e insonorización del techo de la pista de baile, que cambiaron, a mejor, la imagen y conservación del inmueble.     

Si la Sociedad de Tías se mantuvo activa durante tantos años, yo soy de los que piensa que se debe más que a la labor de las muchas directivas y presidentes que tuvo, al trabajo y empatía del único empleado que tenía. Yo no sé si a Tomás Fernández le apodaban “El Gracioso” desde antes de trabajar para la Sociedad o se lo ganó a pulso con las triquiñuelas que tenía que hacer para cobrarle los recibos mensuales a los vecinos de Tías, a los socios. Como si fuera ahora, recuerdo cuando era un niño ver llegar a Tomás a casa, con su sonrisa y su chiste en la boca, bromeando con mi madre. Además, parecía que tenía antenas para enterarse de todo porque el primero que venía a saludar a mi padre, desde que desembarcaba, era él. Le saludaba muy efusivamente y, al mismo tiempo, le daba el tocho de recibos para que le pagara el año completo, porque sabía que había llegado el dinero a la casa. Así, casa a casa, entendiendo excusas y repitiendo visitas, conseguía beneficiar a la Sociedad con su exquisito trabajo y podía también cobrar su nómina a final de mes. Era uno de los hombres más populares y queridos del pueblo. Seguro que no soportaría ver la Sociedad como está en la actualidad, mantenimiento en el que él jugó un papel tan determinante, estando de portero, cobrador, organizador, de todo lo que le mandara la directiva.

 En la Sociedad Unión Sur de Tías muchos vecinos y vecinas encontraron parejas, disfrutaron con los amigos o amigas, tuvieron un centro de reunión para mitigar las tantas horas tirados en las tierras haciendo labores del campo. No tenían Tinder, ni Facebook, ni nada. Pero tenían una ilusión loca para que llegara el sábado noche. Era la fiebre del lugar. Parece que estoy oyendo a Voces Nuevas,  Los Jarvac, y otras orquestas del momento con aquellos “pajaritos para acá y pajaritos para allá”, con “el tractor amarillo” y otros temas que hacían que la mayoría saltara a la pista. “Hola, ¿bailamos?”. Así era la cosa.

  • Escrito por MANUEL GARCÍA DÉNIZ

Mi primer entreno en lucha canaria

 

Equipo juvenil de Tías en el que competí y quedamos campeones.

Sabía dónde se entrenaba. Había estado un par de veces viéndoles entrenar. Era una infraestructura arcaica, pobre, hecha por los propios luchadores.

  • Escrito por MANUEL GARCÍA DÉNIZ