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EDITORIAL ¿De Cataluña al infierno?

Se ha agotado el tiempo para convencerse mutuamente los gobernantes de Cataluña y  España y favorecer una solución que fuera entendible para ambas partes. Para todos los españoles y para los que son catalanes. No ha habido punto de encuentro y ambos no han escatimado esfuerzos para caldear el ambiente entre los suyos y evidenciar los déficits del contrario. Ha sido una verdadera carrera llena de despropósitos que empezó hace más de treinta años y que, lejos de amortiguarse con el tiempo, se ha ido agravando significativamente. Nadie duda a estas alturas que la Generalitat. el Govern, y los llamados partidos nacionalistas e independentistas han aprovechado las contradicciones de los partidos españolistas para, reforzando ese amor que sienten por el poder, cuestionar su verdadero interés en mantener la integridad territorial del Estado. A lo largo de todos estos años, tanto el PSOE como el PP no dudaron en mirar para otro lado ante las políticas de inmersión del nacionalismo catalán para garantizarse el apoyo de estos en Madrid.

A lo largo de estos años, el procedimiento que se ha seguido en Cataluña ha tenido más de objetivo cosas como el referéndum de mañana que dejar que los catalanes disfrutaran con libertad y normalidad de su cultura en su territorio. No fue así. Y lo saben bien los socialistas de Felipe González y  José Luis Rodríguez Zapatero. Y lo saben  también muy bien los populares de José María Aznar, el hombre que hablaba catalán en la intimidad, a pesar de sus profundas convicciones conservadoras y castellanas. Pero da igual, el poder ha sido la razón. Después se le sumó la corrupción y los gobiernos compartidos en la Generalitat, incluso con los de ERC los socialistas. Las cosas casi siempre son fruto de decisiones anteriores. Conscientes o inconscientes, pero decisiones al fin y al cabo.

No es el momento para remordimientos y culpas. Ni de unos ni de otros. Estamos en un escenario en el que se ha dejado claro que en la actualidad, la Constitución Española no recoge la posibilidad de un referéndum ni observa la posibilidad de romper la integridad territorial de España. Por otro lado, y por la otra parte, se percibe claramente que los dirigentes catalanes cada vez están menos interesados en las leyes españolas y más dispuestos a apostar por un movimiento social pacífico, pero inquebrantable, que se oponga a todo lo que venga de Madrid y que desafíe permanentemente  al Estado español, ya vengan sus exigencias del poder legislativo, judicial o gubernativo. Quieren irse y no están dispuestos a pedir permiso ni mucho menos a que se lo denieguen. Y son millones de personas.

Ante esas dos realidades, paralelas, sin posibilidad de confluencia, hay que arriesgar más por ambas partes para instalar la cordura donde hoy sólo hay sinrazón. El conflicto es de alto voltaje. Cientos de miles de personas movilizadas, vigiladas por miles de polícías armados y con cuerpos con formas distintas de ver el conflicto, radicales de ambos bandos danzando también por las calles y políticos de uno y otro bando monopolizando el debate mediático. No será mañana una jornada cualquiera, especialmente en Cataluña, pero también en el resto de España, donde también hay quienes están a favor del derecho a decidir y quienes están en contra.

El lunes, 2 de octubre, mañana habrá pasado. Será el momento de empezar a construir otra cosa y de otra manera. Hay ejemplos en el mundo, Quebec y Escocia son suficientemente recientes y están debidamente estudiados,   pero hay otros. A veces no hay más remedio que correr el riesgo de que nos dejen para que se queden con nosotros con normalidad. Habría que estudiar cómo se podría hacer para que fuera legal y aceptado por ambas partes y diera la suficiente tranquilidad para gobernar y prosperar. Lo otro, la confrontación permanente, tiene un coste elevadísimo y unos riesgos incalculables. Y si, con todo, gana el sí legalmente, con un porcentaje creíble previamente pactado, pues habrá que quedarse con la idea de que siempre será mejor tener de vecino a un amigo que dentro de casa a un enemigo.  De Cataluña no se puede hacer un infierno.

 Mañana será otro día. Y pasado mañana también.

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