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Un debate de libro

Ayer, los asientos del salón del plenos del Cabildo de Lanzarote se llenaron de escolares de la isla para debatir sobre la igualdad de género, la pobreza y el hambre en la fase final del II Concurso Regional de Debate Escolar, organizado por el Parlamento de Canarias. Seis equipos de cuatro Institutos de Educación Secundaria presentaron su mociones sobre los temas elegidos, respondieron a preguntas del jurado, presidido por Mario Pérez y conformado por los consejeros y consejeras del Cabildo Maite Corujo (PP), Lucía Olga Tejera (PSOE) , Benjamín Perdomo (C,s), Carlos Meca (Podemos), Tomás López (Somos) y Carmen Rosa Márquez (CC) e hicieron una exposición final con sus conclusiones.

Bajo la moderación del presidente del Cabildo, Pedro San Ginés, los chicos y chicas de los distintos equipos empezaron a desgranar necesidades y a proponer soluciones en una calculada y bien gestionada ruleta de diagnósticos y tratamientos de los males. Coincidieron los miembros del jurado, en su intervención, previa a la pregunta de rigor, que los escolares habían hecho unas mociones que estaban por encima de muchas de las que se han presentado en el propio pleno, cuando éste representa el sentir político de la isla. Me imagino que cada uno tenía en la cabeza alguna moción del torpe del grupo distinto a sus siglas, salvando así su honra y quedando bien a la vez.

Llevo algo así como treinta años presenciando plenos en las distintas corporaciones de Lanzarote. He ido  a centenares de plenos y he visto a cientos de concejales y consejeros, armados por grupos, debatiendo sobre diferentes temas y desde diferentes posiciones. Y, realmente, en muchas ocasiones  he pasado vergüenza ajena observando las deficiencias con las que se expresaban los representantes elegidos por nuestro pueblo. A veces, su construcción, pensaba que era la propia de chicos de 15 años. Ahora, ya sé que estaba equivocado. En otras, por sus argumentos, creía que estaba en un patio de recreo de un IES. Ahora, ya sé que fantaseaba yo con el nivel de sus ediles y consejeros.

 Había veces que los argumentos y expresiones competían en la misma exposición para avergonzarme antes y de forma más cruel. Pero, miren por dónde, me alegra saber que, en un futuro no muy lejano,  el hablar con corrección y exponer con determinación y fundamento no serán un don de privilegiados sino un ejercicio superado en plena adolescencia. Sinceramente, me parece muy interesante que se promueva en las aulas este tipo de debates. Que se entrene al alumnado en el uso de dos armas que van a ser imprescindibles para sobrevivir en la sociedad: la comunicación y la argumentación. En aprender a documentarse, hoy más al alcance de todos a través de las nuevas tecnologías y la gracia de google, y perder la vergüenza a hablar en público y a debatir, como, acertadamente, resaltó también el podemita Carlos Meca.

Quizás a la altura de la reivindicación del bilingüismo, se encuentra la de formar a nuestros jóvenes a hablar con confianza, con madurez, sin vergüenza y con argumentación. Que los tigres no se conviertan en gatitos cuando les ponen delante un micrófono, reduciendo al genio en matemáticas, biología, económicas, químicas o lo que sea en un  balbuceo torpe, sin sentido, que provoca más risa o pena que el reconocimiento de su profundo saber. No quiero poner ejemplos, pero entre nuestros políticos actuales, salvo raras y vistosas excepciones que desde las portavocías esconden a los demás, anidan, como la mala hierba, muchas de estas taras, que les restan protagonismo y les incapacitan para el desarrollo eficaz de su actividad política.

Pero, sobre todo, hay dos cosas que destaco por encima de todo, y que deberían adoptar los políticos de este debate de escolares. La primera, su enorme convicción en sus propuestas, su deseo de solventar el problema desde sus efímeros escaños. Con toda la inocencia del mundo, con la fuerza dialéctica que ya tienen, ponían toda su energía en proponer alternativas para atajar el mal que, previamente, habían diagnosticado en un profundo chequeo de fuentes y visita a asociaciones, dejándose llevar por las emociones de las víctimas y por el coraje de quienes las defienden. En definitiva, su honradez.

La segunda puede parecer menos importante, pero es también necesaria para que el poco público no acabe yéndose a mitad del pleno y todos los concejales participen en el debate. Para que se sepa, por lo menos, que todos tienen boca y opinión, y que no son los bobos útiles que el líder encontró en su pueblo para llegar él a los altares. Les escribo, claro, de que copien esa capacidad de los chicos y chicas de repartirse el tiempo entre ellos, de evitar el afán de protagonismo y crear equipos que funcionen como verdaderas orquestas, enriquecidas por los violines, pianos, violonchelos, contrabajos y evitar el tostón de los estrambóticos tambores en solitario de los plenos a los que suelo ir. De eso se trata, de detectar una carencia, argumentarla y defender su solución con honestidad y entre todos.

Me queda una sensación agridulce de este debate de chicos y chicas de nuestros institutos. Por una parte, me alegra enormemente que los escolares estén atacando carencias históricas de los niños y niñas de esta tierra, que llegan a adultos con el miedo escénico metido en el cuerpo hasta el punto de apenas hablar con monosílabos o en privado. Por otra, me entristece ver que hombres y mujeres como castillos, con sueldos de ejecutivos y creencias de intelectuales, no han llegado todavía a conclusiones que alcanzan ya adolescentes en trabajos ad hoc para un debate escolar. De todas formas, me quedo con la parte alegre. Tengo mis razones.

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