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'Ganamos la dignidad'

Exhumar los restos de Franco es aprobar, por fin, una asignatura pendiente que se arrastraba desde el principio del proceso de normalización democrática. Como todos los aprobados, se alegra el estudiante, en este caso las ciudadanas y ciudadanos de nuestro país con conciencia de su civilidad. Sabemos que, años atrás, dejamos escapar el sobresaliente o el notable que pudimos haber conseguido si entonces hubiéramos acabado con los honores de Estado al dictador, pero, por diversas razones políticas, no se abordó este capítulo. Hasta ahora, que hemos hecho más valioso este nuestro tiempo.

 

Superar cuarenta años de dictadura ha podido costarnos otros cuarenta años: denota el miedo -cuando no la cobardía- que se quedó impregnado en una inmensa mayoría de la población española, el miedo a los fantasmas del pasado, a que nuestra democracia no fuera suficientemente sólida y se pudiera volver hacia atrás. El intento fallido de golpe de estado del 23F tampoco ayudó: aunque la intentona fracasara -y sirviera para poner de manifiesto lo patético del régimen anterior-, se generó en la sociedad un cierto sentido de prudencia, traducido en concesiones que se hicieron al franquismo, unas de carácter político y otras sociales, que frenaron expectativas democráticas. El blanqueamiento de la monarquía que Franco restauró, por ejemplo. O que el “Caudillo de España por la gracia de Dios”, siguiera en el Valle de los Caídos, como él propio determinó, en claro mensaje de que gobernaba después de muerto, porque lo dejaba todo “atado y bien atado”. Ese es el nudo -gran nudo- que hemos conseguido desatar estos días, de ahí nuestra alegría sin reservas.

Sabíamos que no podíamos esperar de los gobiernos de la derecha, muchos de ellos formados por destacados miembros del régimen anterior, cambios de registro importantes. Pero era decepcionante ver cómo pasaban gobiernos socialistas, algunos con mayorías absolutas, que, dando pasos dignos, no acababan de enfrentar al monstruo en su máximo poder simbólico. Vivíamos con ese peso. No hay ningún país de Europa que tenga un mausoleo a un dictador. Es un tremendo anacronismo que delata, insisto, la tibieza con la que hemos abordado nuestro pasado reciente, la transición de la dictadura a la democracia ¿Alguien se imagina en Alemania un mausoleo en memoria de Hitler o en Italia a Mussolini? Aunque en todas las sociedades surjan brotes de fanatismos perversos, ninguna cultura europea osa rendir homenaje de estado a un dictador. La salud democrática también se mide por estos comportamientos.

Ahora, lo que viene a continuación, es el empeño de superar los déficit que presenta nuestra democracia proponiendo y aprobando leyes de memoria histórica, tanto estatal como autonómicas, que no se parezcan a leyes de punto final. Se trata de que se asuman responsabilidades desde el sentido común, es decir, que se llame crimen a lo que es crimen, y como tal está sentenciado en la Justicia Universal, y heroicidad a lo que es heroico, y como tal está reconocido en la Historia de la Dignidad Contemporánea.

Sacar a Franco de su mausoleo ha sido para Podemos condición necesaria: así se ha expuesto en sede parlamentaria, en los distintos debates estatales y autonómicos y en sus documentos. Para avanzar en convivencia era necesario dejar claro que la democracia no es la sucesión del franquismo, que esa supuesta tutela ha sido superada legal y emocionalmente por otro tiempo que se construye desde principios, la Declaración de Derechos Humanos, y también con los Deberes Humanos que nosotras, ciudadanas y ciudadanos, nos imponemos para hacer más habitable la sociedad contemporánea. En la que cabemos todas, vivas y muertos, por eso queremos restituir a quienes el pasado condenó dos veces, primero ejecutando, luego silenciando.

Desde Podemos seguiremos aportado nuestro trabajo de construcción social. También, y porque eso forma parte del mandato recibido, seguiremos exigiéndole a este Gobierno que sea coherente y que gestión y declaraciones no entren en contradicción. Toca poner fin a la impunidad, hacer leyes de memoria democrática con dotación presupuestaria suficiente para juzgar crímenes fascistas y restituir la memoria de quienes lucharon por las libertades y la democracia en nuestro país. Ganaremos en dignidad y también, aunque haya quien diga que no, en gobernabilidad. La sociedad es sensata y lo sabe.

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