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Cuando la víctima es el “otro”

Desgraciadamente, la realidad nos da experiencias más que suficientes para escapar al grito desaforado de “voxeros” y  xenófobos. El caso de la paraguaya Romina Celeste es un ejemplo claro de que las mujeres necesitan que se refuercen sus derechos frente a los hombres y que muchas veces el mal está aquí, dentro, bien arraigado con raíces de varias generaciones y los inmigrantes, peor si son mujeres,  son sus víctimas propiciatorias. En este caso, ninguno es  canario, pero uno es muy español y la otra paraguaya.

 Si hubiese sido al revés, al revés del todo, que una paraguaya joven, inmigrante por necesidad, apareciera en todos los medios de comunicación porque su marido, un cuarentón español e ingeniero, ha desaparecido  y todo apunta a que ella ha hecho desaparecer su cuerpo, por no sé qué miedos, de manera truculenta, se agitaría, sin descanso, la bandera de la intolerancia y la incomprensión. Se hubiese convertido en la prueba irrefutable de que las mujeres son mentirosas, están sobreprotegidas y que la inmigración nos trae este tipo de cosas. Sería la prueba, indubitada, de que con gente así, tan distinta a nosotros, tan incívica, no estaríamos seguros ni en nuestras casas.

En estos tiempos de vox y votos, sería aconsejable que no  confundiéramos nuestros miedos con nuestros deseos. Que es necesario contar con las herramientas adecuadas para transformar la sociedad en ese espacio de entendimiento y libertad que queremos. Y todo pasa por respetar al otro y sentir la empática coherencia de quien busca un mundo mejor.  Creando trincheras, reduciendo la libertad de los que piensan y sienten de forma distinta a la nuestra, sometiendo a parte de la sociedad en pro de privilegios de otros y negando las diferencias para perpetuarlas solo estamos allanando el camino a conflictos y enfrentamientos que se enredarán de tal forma que nos impedirán  ser felices.

Hay que tratar los miedos: una buena educación y terapias psicológicas ayudarán en ese sentido. Y también mejorar las condiciones de vida de todos: para algo así tenemos al Estado, con sus parlamentos, gobiernos y administraciones locales y contribuciones multimillonarias por parte de sus ciudadanos. Si nos empeñamos en hacer las cosas al revés, que el Estado gestione el odio, los miedos y la sinrazón y la educación y las terapias psicológicas se apliquen en someter a los diferentes y en estigmatizar a personas, no habrá mundo feliz.

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