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Urnas, papeletas, pero sin candidato

En periodo electoral, la tensión es parte del envite. Se confunden los proyectos con los puestos, lo público con lo privado, el interés general con el general interés de todos los candidatos. Cita tras cita se producen rupturas, enfrentamientos, traspaso de políticos de uno a otro partido, alianzas, aparecen nuevos partidos y predomina la bronca general. Es así. Son así todas las elecciones porque, al margen de las diferencias partidarias, ideológicas y de estrategia, también juega un papel importante el ego personal, las aspiraciones de cada uno y las necesidades de todos. Cuando llevas media vida enganchado a un cargo no ves más vida que esa. Cuando has estado siempre mandando a los demás, ya no entiendes  la vida de otra manera. Y cuando la política es la única balsa/bolsa que mantiene tu estatus social, económico y familiar no queda más remedio que remar para dónde sea, porque lo único que vale es mantener la posición social que se tiene.

Sinceramente, en más de treinta años de periodismo, no he conocido a un político lo suficiente trascendente en el panorama insular que estuviera libre de alguna de esas trabas. Sinceramente, sigo sin verlo. Alguien que tenga marcado un rumbo político, con el objetivo intencionado de mejorar la isla, las condiciones de vida de su gente y proyectar un futuro que disminuya incertidumbres. Ese trabajo, por sí mismo, y merecidamente, conllevaría una buena remuneración y una serie de privilegios, comprensibles también.  No busco a alguien que se deje el pellejo en la contienda a cambio de nada. No quiero un político que llega y sale personalmente, económicamente, arruinado. Claro que no. Si fuera así, convertiríamos la política en una trampa insalvable para nuestros prohombres. Y eso no es ni necesario ni justo.

Hablo de una persona que entre con un objetivo público, me da igual hombre o mujer, o su condición sexual o procedencia, si es viejo o joven. L o que quiero es a un ser humano que no deje de serlo cuando llega al cargo. Que no renuncie a su condición grupal de la sociedad para reclamar para sí el elitismo de la mal llamada clase política.  Que está dispuesta a pasar momentos de baja popularidad por afrontar los tiempos incómodos y las incomprensiones cortoplacistas de todo cambio para bien. Que si no puede hacer su proyecto,  coge la chaqueta y se manda a mudar. Que si tiene un proyecto y lo realiza, que se mande a mudar. Que sepa que el sillón se puede dejar sin necesidad de que nadie te lo quite. Que sepa que si lo que quiere es medrar se merece el mayor de los desprestigios y una patada donde la espalda pierde su nombre.

Tengo unas ganas enormes de conocer a una persona así. Que sea feliz haciendo felices a los demás. Que disfrute solventando problemas y poniendo su tiempo y sapiencia al servicio de los demás. Que no viva como una derrota  dejar la política sin enriquecerse ni presuma de no haberlo hecho (menos de haberlo conseguido) por entender que es lo mínimo que se espera.  Que se enorgullezca de que la gente que vivía mal cuando él entró en política, ahora disfruta de una mejor calidad de vida.       

Sencillamente una persona honesta que cumpla con sus funciones con lealtad a su pueblo y de acuerdo a su conciencia. Nada más. Pero sigo sin verla. Y me esperan dos citas electorales, y sietes urnas hambrientas de votos. ¿Qué hago? ¿Qué hacemos?

 

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