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Hasta siempre, compañero Rafa

 

Lo único seguro en la vida es la muerte. “Quien nace, muere”, es la máxima de la vida. Y de la muerte. Aun así, siempre nos sorprende. Siempre nos da un vuelco el corazón cuando nos dan la fatídica noticia. Siempre, nunca es suficientemente tarde, nunca está lo suficientemente explicitado. Pero cuando el que cae tiene nuestra misma edad y lo hace de forma fulminante, la sorpresa alcanza su máximo nivel y el miedo a la muerte, al fin, a la despedida total te embarga el día. Hoy me siento así. Débil, huérfano, desorientado. Hasta asustado. Es como si sintiera que la “bala” que golpeó de forma certera y desgraciada al compañero de pupitre de atrás pasara rozando mi sien.  La muerte de Rafael Díaz me ha golpeado como algo muy próximo, como la evidencia de un riesgo cierto de que en cualquier momento puede llegar también el fin del mundo para mí. De forma individual, sin negociación ni prórroga posible.

Conocí a Rafael Díaz “Rafaen el aula de 1ºC de BUP del Blas Cabrera Felipe, en septiembre de 1981. Teníamos la misma edad, él ya tenía novia y yo unas ganas tremendas de aprender.  Él era urbano, creo que ya fumaba y unas pachorras de mil pares. Yo venía del pueblo de Tías, cuando todavía montar en burro, coger tomates, ir a entrenar a la lucha canaria y sacar los podencos a cazar eran actividades  cotidianas. Él destacaba todos los días en clase con su forma desinhibida y graciosa de relacionarse con compañeros y profesores. Yo prefería demostrar mis habilidades para hacer cálculos matemáticos, memorizar lecciones y repetir las palabras del tutor Morales como si fueran mías propias. Éramos dos de la apenas media docena de chicos que había en aquella clase llena de jovencitas de toda la isla. Entre ellas, estaba su media naranja del momento. El resto vivía al margen de mí y de mis cuatro compañeros restantes. Teníamos distintas formas de interactuar, pero siempre mantuvimos una buena relación. Aunque después de aquel Primero de BUP, tardaría más de veinte años en encontrármelo de nuevo. Ya era él sindicalista y yo periodista.

Quedé con Rafael Díaz para entrevistarle en Lancelot TV sin estar seguro que fuera él y mucho menos sin saber con quién me encontraría tantos años más tarde. Pero fue entrar en el Arrecife Gran Hotel y se disiparon todas las dudas. Era el mismo. Era Rafa, el de Primero. Con su sonrisa, con sus medias bromas, y con un enorme respeto. También era ahora todo un personaje del sindicalismo, de la rama de Hostelería y Turismo, de CCOO. Le bromeé sobre lo lejos que había llegado y sin perder la sonrisa me dijo que había sobrevivido. Que le gustaba mucho el sindicalismo y que ocupaba puesto de responsabilidad en la Regional del sindicato. Más tarde, llegó la decepción con la crisis que también se llevó por delante parte de los sindicatos y cuestionó casi todo. Pero se recompuso, y con su optimismo se embarcó en un reto de tv local en el que se proponía, y lo consiguió, bajar peso, ganar rutina deportiva, y vencer en el programa que tenía el Paleo como referencia de mejor calidad de vida. También lo empecé a ver con más frecuencia, comprometido políticamente con CC y desde muy temprano, de amanecida, leyendo noticias y poniendo “me gustas”  en cosas mías y de otros mientras el alba esperaba para saltar al nuevo día.

Rafa era, por encima de todas las cosas, una buena persona. De esas que pretenden agradarte desde que te ven. Dispuesta a ayudarte a tener un mejor día, considerándote con respeto y cercanía. Era una persona cercana, aunque la vieras veinte años después, de mi quinta, que se dejaba querer. Y por eso deja huella.

 Descansa en paz, compañero. Nadie se quedará aquí para siempre ni ninguno se puede  resistirse a la llamada definitiva. Te tocó a ti, pero lo vivo con la convicción de que nos pudo tocar a cualquiera. Mantendré vivo, hasta que me llamen a mí, el recuerdo de esa sonrisa, tus palabras de ánimo y “tus me gustas” de face book segundos después de colgar las citas de mis artículos. ¡Cuánto me gustaría verla en este, saber que sigues ahí, haciéndome compañía en estas madrugadas de trabajo y pasión por escribir! Como si estuvieras en el pupitre de atrás, como si fuéramos dos adolescentes, uno urbano, otro rural…       

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