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La Rioja que viene

Es un mundo de peregrinos donde cada uno va a su ritmo.


Las vides marcan el paisaje a medida que nos acercamos a Logroño

El Camino de Santiago, desde Lanzarote (IV)

- !Muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! ¡Buen Camino!

La atronadora bocina de un bicigrino tan alegre como maleducado me sacó del ensimismamiento. Llevaba más de dos horas caminando solo en un llano terroso lleno de vides cargadas de uvas. No sé cuándo ni cómo dejé atrás a mis dos compañeros y me alejé a mi ritmo, un tanto más rápido que el que ellos mantienen por ser sexagenarios y menos temperamentales que yo. Reflexionaba completamente ido hasta  que la vaca metalizada del peregrino de dos ruedas me despertó. No suelen darse esas intromisiones tan violentas en el camino. Los unos y los otros son muy respetuosos y suelen pedir paso con un pequeño grito para hacerse notar. Pero este prefirió sacar la vaca que llevaba en lo más recóndito de su ser. Observo, ahora, con detenimiento el paisaje, la inmensidad del mismo, las infinitas parras y la sensación de soledad que me entra a medida que desaparece en el horizonte el intruso ruidoso. No veo a ningún otro peregrino a la vista. He visto a muchos a lo largo de la mañana pero en estos momentos sólo veo vides y más vides. Ni casas, ni personas en aquel paisaje agrícola, humanizado pero ahora solitario.

A medida que nos acercamos a La Rioja, Navarra se mimetiza con su vecina en campos llenos de parras y uvas.

 Estoy ya cerca de Torres del Río, el final de la sexta etapa, la penúltima en esta primera aproximación que hemos hecho al Camino de Santiago por su ruta Francés. Desde que atravesamos el Alto del Perdón, con sus esculturas metálicas en homenaje a los peregrinos, sus aerogenadores y su caravana bar, en la cuarta etapa, que nos llevaba de Pamplona a Puente de Reina, el paisaje ha cambiado. Ahora en más llano, con más cereales y vides y menos zonas boscosas, aunque algunas quedaban hasta llegar a Estella/Lizarra, adonde se llega en la quinta jornada. Pero el camino se ha hecho más de secano, con márgenes llenos de endrinas, fruto con el que se hace el pacharán, y zarzales llenos de moras insípidas. Larguísimas extensiones de cereales y, principalmente, campos de vides.

Sin saber de dónde sale, y mientras espero sentado en el camino a que lleguen mis compañeros, la banda de los Pepe ( José Manuel y José Alberto), un coreano de mediana edad me repite el saludo estrella del camino. Lo habré saludado en estos seis días como quinientas veces.

En irache, hay una fuente que da vino.

- ¡Buen camino! - me dice con una sonrisa en su innegable cara oriental.

- ¡Buen Camino! - le contesto, con igual sonrisa pero con cara menos oriental. Me extraña que vaya solo. Está en el camino con su dos hijos y su esposa. Pero no es raro que a lo largo del día, parejas incluso que salen juntas por la mañana se separen a lo largo del día para cada uno caminar a su ritmo. A medida que pasan las jornadas y empiezan a  aparecer síntomas de cansancio y muestras inequívocas en los pies del esfuerzo y fricción a los que se les somete, la relación intervivos se ha ce más flexible, dejando que cada uno vaya a su ritmo. Es tan malo ir más lento de lo que es su ritmo que hacerlo más rápido. Y el camino, como el tiempo, va poniendo a cada uno en su sitio. Los hay que por la mañana son verdaderos caballos briosos, al mediodía se quedan en simples burros y ya cerca del final de la jornada se convierten en mulos a los que les cuesta dar un paso sin el correspondiente aliento.

La abundante agua es una de las razones del verdor de Navarra.

Después de seis días en el Camino, ya el resto de los peregrinos no son personas extrañas. Unos australianos, otros españoles, los de más allá escandinavos, coreanos aquellos, muchos brasileños y más coreanos. No, en casi una semana, los aproximadamente doscientos peregrinos que hacen al tiempo que nosotros las mismas etapas son gente conocida. Con la que mantienes una mayor o menor comunicación dependiendo de la compatibilidad de caracteres, ritmos de caminata y coincidencia lingüística.

La gran mayoría habla inglés, aunque eso no sirve de mucho si tú no estás lo suficientemente entrenado en ese idioma. Pero sí existe esa comunicación no verbal al cruzarse. sonreírse y casi dedicarse ánimos. Hemos hablado con muchos. Aquí he hablado por primera vez en mi vida con una australiana, un neozelandés y un canadiense. También lo he hecho con muchos brasileños, norteamericanos, alemanes y españoles, pero de estas nacionalidades sí que conocía con anterioridad personas. Es un buen ambiente, sencillo, sin complejos ni exigencias. Cada uno tiene su estatus, pero todos tenemos las mismas exigencias a lo largo del camino. Es verdad que al llegar al final de la etapa, unos corren en busca de cama en los albergues y comen menús mientras otros se hospedan en hoteles y casas rurales y comen a la carta. Pero eso es otro cantar. Nos dieron pies a todos pero a lo hora de repartir el dinero ya no fueron tan solidarios ni igualitarios.     

A lo lejos, ya veo a Pepe y a José Manuel, Vienen con un ritmo cansino, pero cómodo, conversando animadamente. Detrás de ellos veo a un grupo de cinco peregrinos más. Si no me equivoco son un grupo de jóvenes profesores muy divertidos pero un tanto infantil. Debe de ser que eso de estar con niños marca mucho porque siempre he tenido la impresión de que los profesores se infantilizan. Unos más que otros, eso también es cierto.

Entramos en Los Arcos por su calle central, después de recorrer 21 kms durante la mañana. Es un pueblo largo, oscuro y con unos cuantos bares que viven fundamentalmente de darles de comer y beber a los peregrinos. Llegamos a una plaza al final de la calle principal y larga, por la que entras y sales del pueblo sin más recorrido.  Allí, nos sentamos y pedimos tres menús, con ensalada de primero y carne y papas de segundo. No habíamos sido muy originales, alrededor nuestro estaban sentados los nórdicos, el grupo de brasileños y el de catalanes también reponiendo fuerzas. Algunos de ellos, se ve que decidieron quedarse aquí a pernoctar y dar por buenos los 21 kilómetros, A nosotros todavía nos quedaban nueve para acabarla ya que el final está en Torres del Río, un diminuto pueblo, con un bar, un par de albergues, y una capilla muy bonita que se puede visitar si se avisa a una señora para que abra la puerta.

Al fondo, ya se ve Logroño.

Llegamos a Torres del Río en una hora y media. El camino era monótono, riojano, entre parras y peregrinos, que ahora estaban casi todos en el camino a punto de llegar también. Buen camino, buen camino, buen camino, y llegamos.

El Ebro, el río más caudaloso de España, en Logroño.

Cenamos en el mismo hotelito rural, después de dar una vuelta por los dos albergues y el bar del pueblo. El dueño, que dejaba el negocio en manos de su mujer ecuatoriana y sus familiares, tenía menos tacto que un robot con manos de hormigón. Además de que transpiraba por su oronda figura unos modos que bien podrían costarle un escarmiento por machista o explotador.  A nosotros nos quiso colar una habitación con hidromasaje, por unos diez euros más. Y cómo suena eso de hidromasaje cuando uno llega con los pies cansaditos y el alma atormentada de tanto sube y baja. Pero no, una cosa es dejar los albergues para los más jóvenes y apostar por tener baño propio y habitación individual y otra cosa es dejarse escurrir por las necedades del consumismo. Pero me quedo con la duda. No con las ganas, pero sí con la duda si no hubiera valido la pena.

Nos levantamos temprano y salimos sin desayunar. Tenemos Logroño apenas a 20 kilómetros. Un paseo por un llano de vides, vides y más vides. O parras, llenas de uvas. Aunque lo más sorprendente con el vino lo pasamos ayer, al salir de Estella, a unos kilómetros de allí, cerca del Monasterio de Irache, encontramos una fuente que, además de agua, proporciona vino a la peregrinos desde el año 1991. Evidentemente, no es el mejor vino de la bodega, pero sorprende, y muchos peregrinos llenaron cantimploras de vino para el camino. Nosotros no, simplemente lo probamos. Con el vino, prefiero el mío de toda la vida. O parecidos, Con más cuerpo y color que el que se escapaba de forma permanente de aquella fuente de Irache.

Al principios del día, los tres kilómetros iniciales se presentaron con subes y bajas molestos pero al cruzar la carretera ya desapareció toda complicación. Pasamos por el pueblo Virgen del Poyo. En este camino, iglesias y nombres de pueblos con santos a la entrada o a la salida hay para dar y regalar. Llegamos al Barranco de Cornava y, entre toboganes, unas veces cerca de la carretera NA-1110  y otras sobre ella, llegamos a Viana que ya es el último pueblo de la Comunidad Foral. Mira que es grande Navarra. Ahora entiendo ese interés de los vascos por anexionarla. Claro, los vascos en uno 7.500 kilómetros cuadrados de superficie tienen metidos casi tres millones de personas mientras que Navarra en sus más de 10.000 apenas tiene unos 600.000, más de la mitad en Pamplona y alrededores. De las 17 comunidades, Navarra es la decimoquinta menos poblada, mientras que el País Vasco es el séptimo. Si todo tiene su sentido, no hay sino que buscarlo.

El patrimonio arquitectónico que puede ver durante el camino es inmenso.

En Viana, decidimos echarnos un café para despedirnos del territorio navarro. Nada más sentarnos en la terraza, llegaron los catalanes, los profesores, que enseguida nos contaron que estuvieron en Lanzarote haciendo senderismo y que les encantó la Caldera Blanca. Estuvieron allí un buen rato y parecía que no tenían mucha prisa. Les dejamos, cargamos las mochilas y seguimos ya con ganas de llegar a Logroño, la segunda principal ciudad que atraviesa el Camino de Santiago Francés.Merecido descanso después de siete días de pateo.

Después de 142 kilómetros por Navarra, llegamos a su fin, que se encuentra cerca de la papelera del Ebro, donde han puesto el límite provincial. Ahora ya estamos en La Rioja, y un antiguo mojón con la inscripción provincia de Logroño nos lo recuerda. A partir de aquí ya no queda nada. Logroño está decididamente escorado hacia Navarra dentro de la Comunidad de La Rioja. Casi llega la frontera entre las dos comunidades a las puertas de la ciudad. Pero quedan unos kilómetros que se hacen por un andadero que te lleva hasta allí. Entramos en Logroño por el puente de piedra sobre el Ebro y respiramos ya tranquilos. Atrás quedan siete días de caminatas, de madrugones, de botas y mochilas, de peregrinos y paisajes espectaculares. Se acabó por ahora. Pero ya estamos preparando la vuelta para seguir en el Camino. De Logroño a León, pasando por Burgos, las tres grandes ciudades, junto con Navarra, al principio, y Santiago de Compostela, al final del camino. Vendremos catorce días para caminar once, cinco para llegar a Burgos y seis para terminar en León, y pasar dos días en cada una de las ciudades. Se pasará volando la espera de volver. ¡Buen Camino!

    

      

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