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Logroño, el regreso al Camino

Cruzar La Rioja, desde Logroño a Burgos es sobre todo caminar entre un inmenso mar de vides.

Volvemos con las pilas cargadas y dispuestos a cruzar las llanuras de Castilla. Primero La Rioja y después, las castellanas Burgos, Palencia y llegada a León. Más de 320 kilómetros por delante, en 11 días de caminata, y 13 de Camino. ¡Ay, mis pies!

El Camino de Santiago, desde Lanzarote (V

Mes de mayo, día 22. Amanece frío, apenas cuatro grados marca mi termómetro digital, aunque en el Hotel NH Logroño Herencia Rioja, en el mismocentro de la capital riojana, no se nota nada.  Eran las cinco de la mañana pero ya no tenía sueño. Bueno, sí tenía sueño, lo que no tenía eran ganas de dormir más. Pero mi sueño estaba a punto de comenzar: volver al camino, donde lo habíamos dejado ocho meses atrás, el año pasado, en septiembre.

 Como les he contado en los capítulos anteriores, estamos ilusionados con hacer el Camino Francés, desde Saint Jean d Pie de Port (Francia) hasta Finisterre, con escala larga, claro, en Santiago de Compostela. Son más de mil kilómetros, pero no tenemos prisa y sí muchas ganas de disfrutar de la experiencia, de la gastronomía y del hecho de conocer a cientos de personas de todas partes del mundo que tienen este mismo sueño: caminar conociendo España de Este a Oeste a la vez que te conoces a ti mismo en jornadas maratonianas de camino desigual que te abre en canal un país diverso al ritmo de tu propio paso.

Desde el centro de Logroño a León. Ese es el reto que comenzamos aquí, en el centro de la capital riojana.

Ya hicimos cerca de doscientos kilómetros en nuestra primera aproximación. Salimos de Francia, cruzamos Los Pirineos, y caminamos por la bella Navarra hasta llegar a la capital de La Rioja. Donde volvemos a estar ahora, preparados para la segunda experiencia. Esta vez será más larga, más de 320 kilómetros, 13 días de camino, 11 de caminata, con jornadas más largas por las llanuras de Castilla, que desquician a muchos. Nosotros, en cambio, venimos con toda la ilusión del mundo. Además, elegimos el mes de mayo para evitar la sequedad y monotonía que se da en otras épocas del año. Sabemos que en este mes, la sementera, las amplias plantaciones de trigo, cebada, arvejas, y demás están a punto de ser recolectadas pero todavía verdes y bonitas. Nos atrae.

Cenamos en la calle Laurel, la principal y más divertida de Logroño. Aquí se concentran la mayoría de los restaurantes y bares de copas de la ciudad y es una cita ineludible para cualquier visitante, en la zona antigua. Queda cerca del hotel, por si acaso. No sé si saben que le llaman también la ruta de los elefantes, precisamente, porque no es difícil salir trompa y a cuatro patas de este lugar donde el vino Rioja se descorcha a raudales. ¿Laurel? ¿calle Laurel? Sí, Laurel. Se llama así porque, en tiempos pretéritos, esta calle del centro histórico daba cobijo también a mujeres que ejercían la prostitución. Las meretrices en cuestión, para que los hombres supieran cuando estaban libres y dispuestas a ocuparse, ponían una rama de laurel en su balcón y eso servía de reclamo a los clientes. Pues en tiempos de crisis, cuando los hombres no tenían plata para gastar en estos indecorosos servicios, y bajaba la demanda de los servicios, la mayoría de los balcones lucían con su rama de laurel, dando una imagen de lo más característica. Y así surge el nombre. Y de ahí al  ¿catre?, no, al callejero.

De a maleta a la mochila y a caminar...

Nos acostamos pronto. Nada más acabamos de comer las chuletillas de cordero regadas con un buen vino, volvimos al hotel. Estábamos realmente cansados después de dos horas y media de avión hasta Bilbao  y más de una hora en guagua para llegar del País Vasco a la capital riojana. Ya despierto, recapitulé.

Estas dos semanas de tranquilidad y camino, de relax y pisada fuerte entre viñedos, fundamentalmente, serían exigentes porque cada jornada llevaba más de treinta kilómetros de recorrido. Además, este tramo de más de 320 kilómetros tenía la singularidad que recogía a tres de las cinco principales ciudades de este camino. Ya hemos dejado atrás Pamplona, la primera. Y, ahora, nos tocan, Logroño, que ya conocimos en profundidad en la llegada anterior, Burgos, ciudad en la que nunca he estado y hay una serie de cosas que quiero ver con detenimiento y León, que sí conozco y precisamente por eso me llama. Hemos reservado dos días para pasar uno extra en Burgos y otro en León, ya al final.

Las seis, es hora de empezar a prepararse. Después de una hora de pensamiento y acomodo de las ideas, llega el momento de empezar a prepararse. Me levanto, sacó la mochila de la maleta, aparto lo necesario para los próximos tres días y lo meto en la mochila. El resto se queda en la maleta, que mandaremos con un servicio de transporte hasta Belorado, nuestra tercera pernoctación. Allí cambiaremos usado por usar y repetimos proceso. Ya tengo la mochila hecha, la peso y llevo 12 kilos. Es mucho. Pero bueno, en Belorado, con 100 kilómetros de cansancio estaré en mejor disposición de rebajar mis prioridades.

En el Camino, nos encontramos todos.

Me ducho sin prisas pero sin pausa. Me seco a conciencia y tomo asiento en el borde de la cama. A mi lado tengo el bolso de potingues y empiezo el ritual. Me acaricio los pies. Sé que voy a depender de ellos, que son frágiles, y que van salir de la zona de confort para estar durante dos semanas sometidos a una exigencia que no corresponde con su rutina habitual. Pongo dos chorritos de crema, y sigo acariciándolos. Les trasmito a los dos todo mi cariño y extiendo, con parsimonia inusual en mí, la crema hasta que sólo queda el brillo y ha desaparecido totalmente el color blanquecino del producto. Ahora, recojo la bolsa de los dediles, unos dedos huecos de silicona en los que meto mis dos gordos, de forma prioritaria, y dos más en cada pie de forma alterna. Busco disminuir el rozamiento entre los dedos y con la bota. Esas fricciones, poco a poco, van produciendo heridas y hacen muy incomodo el caminar. Ya pongo el calcetín, sin costuras.

Los pies ya están a salvo. Ahora me pongo crema solar en la cara, brazos y cuello. hace frío pero seguramente los rayos ultravioletas seguirán presentes. No hay que descuidarse. En los labios, un poco de cacao, y el bote lo meto en el bolsillo. Entre en frío y los cambios de temperatura, los labios se resecan si no se tratan con esmero. No me afeité, en el camino lo hago cada tres o cuatro días. Me gusta la sensación de quitarme otra obligación de mi rutina urbana, aunque nada más ducharme cumplí con los desodorantes y colonias. Campo sí pero no somos vacas.

La compostelana acredita que en la primera experiencia llegamos hasta aqui, Logroño, desde donde partimos ahora.

Me pongo el pantalón de caminar, lo cojo con el cinto y me pongo una térmica antes de ponerme la sudadera. Me pongo también un forro polar. Hay cuatro grados, ya habrá tiempo de quitarse lo que haga falta pero no quiero arriesgarme a resfriarme. Me cubro con mi gorra. Ya estoy preparado. Son las 6:45 la hora de partida. No habrá desayuno en el hotel, nuestra costumbre es desayunar en el pueblo próximo que se encuentre entre los siete o diez primeros kilómetros. O sea, una hora y media o dos horas después de salir. Sobre las nueve de la mañana.

Todos los días, durante estas dos próximas semanas, el día empezará de esa misma manera. Con 45 minutos de preparativos. Levantándonos a las seis de la mañana y dedicando estos primeros minutos del día a garantizar que se puede afrontar el reto del día con tranquilidad y sin daños.

Ya estamos preparados. Comienza la caminata. Nos vamos a Nájera, el pueblo que debe su nombre al río que lo divide en dos partes, el Najerilla, y que está a poco más de treinta kilómetros de Logroño.

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