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Gracias, César,  muchas gracias

Hoy hubiese cumplido 100 años. Nació en una isla de gentes acostumbradas a emigrar, sometidas  por las sequías, la lejanía y la miseria. Pero aquel 1919 que lo vio nacer junto a su hermana gemela, fue testigo del nacimiento del lanzaroteño más universal y el que más influencia ha tenido en su transformación social, económica y cultural.

 César Manrique Cabrera fue un niño y un joven lanzaroteño que disfrutó de la isla cuando ni había turismo, ni extranjeros ni muchas salidas económicas en aquellos convulsos años 20 y 30 del siglo pasado. Pero su formación académica posterior, su experiencia vital y artística en Nueva York y Madrid le permitieron volver a Lanzarote con una personalidad genuina y con unas ganas tremendas de hacer cosas. De poner en valor esa belleza ignorada de su isla natal, tan volcánica como él pero denostada por muchos por sus extremas condiciones de vida. De la mano de su coetáneo y amigo, presidente del Cabildo de Lanzarote, en los años 60 y 70, Pepín Ramírez le permitieron  abrir Lanzarote al mundo.

César, que ya era un pintor reconocido, se aventuró en una faceta más propia de un arquitecto que de un artista. Y creo los Centros de Arte, Cultura y Turismo del Cabildo que fueron el primer reclamo turístico, al margen del sol y las playas. Esa soñada simbiosis de Arte y Naturaleza se hizo realidad con un enorme esfuerzo creativo y económico en los tiempos que Lanzarote era pobre. Pero todo salió bien. Y Lanzarote se convirtió en un referente europeo turístico. Y ahí sigue. Como sigue ahí la extraordinaria obra espacial del genio lanzaroteño.

Fueron muchos años de creador y director de una filosofía de vida que se adelantó a su tiempo por su entrega total a la ecología. Su apuesta estética y ética comprometió  su vida y la de toda la gente  que le conoció y le entendió. Fueron 73 años de vida, defendiendo su forma de ver el mundo y a esa isla y a su gente.

Hace ya 27 años de aquel fatídico accidente que le quitó la vida. Pero su mensaje sigue tan vivo como siempre. Su recuerdo está más presente que nunca y su voz sigue retumbando con la misma fuerza y coherencia.

Al margen de las polémicas políticas y las confrontaciones que se producen de forma retórica en esta isla sobre las funciones de su Fundación, la figura de César, su profundo humanismo, y el arraigado respeto al medio ambiente y al territorio impregnan el sentimiento colectivo lanzaroteño y a todos y cada uno de sus vecinos.

Fue enormemente grande porque supo estar con los más pequeños y velar por todos. Su trabajo era crear belleza pero su pasión fue siempre impedir que se destruyera la que brotaba de cada uno de los poros de esta tierra tan extraña como entrañable.

¡Felicidades, César! Muchas gracias, Manrique!

 

 

 

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