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Los defensores de los excesos del turismo, peor que la turismofobia

Me suelen preguntar con cierta frecuencia qué pienso de la turismofobia, ese sentimiento de rechazo que manifiestan los ciudadanos frente al turismo. Y también, desgraciadamente, me topo con individuos que consideran que cuestionar cualquier actuación vinculada al turismo es ya ser turismofóbico. Ahora, en Lanzarote, nos movemos entre esos dos polos, aunque todavía seguimos siendo amplia mayoría los que nos alejamos de esos radicalismos absurdos y nos instalamos en la racionalidad que exige la necesaria gestión de los flujos turísticos como se hace en cualquier otra actividad de nuestras vidas. Ni es bueno criminalizar toda actividad vinculada al turismo ni tampoco dar por buena cualquiera aunque atente contra nuestros derechos más fundamentales como nuestra libertad, calidad de vida, protección de nuestro territorio y seguridad.

Desde los inicios del turismo como actividad económica en la isla, hubo defensores y contrarios. Recuerdo a finales de los años 70 y principios de los años 80 del siglo pasado a personas que se oponían al desarrollismo, que solo se intuía en esos momentos, porque entendían que nos convertiría en sirvientes de europeos que se apoderarían de nuestros recursos y nos desmantelarían nuestros sectores tradicionales donde, con miseria pero con más libertad, plantábamos tomates, cebollas, papas y parras y pescábamos morenas, corvinas, burros, chopas, fulas y meros. Al ladito de ellos, estaban los defensores a ultranza del nuevo fenómeno, los que se abrazaron al desarrollismo como el dorado prometido. Ambos compartían la barra del bar de madrugada. Unos, después, se iban al campo o a Portonao y otros a trabajar de “ajuste” en obras de construcciones infinitas o se colaban como freganchines o se iban a vender las tierras de sus padres al mejor postor.

Mientras unos y otros seguían discutiendo si eran podencos o galgos, el grueso de la población, subempleada o  desempleada sencillamente, se iban acomodando en el nuevo sector pujante. Seguía habiendo agoreros que avisaban de la llegada del mal y aparecieron los “representantes de satanás” que vendieron su alma por hacerse ricos, por ganar dinero de la manera que fuera, sirviendo a los señores de fuera con alegría y entusiasmo. Muchos de los ricos que hoy vemos peinando canas y controlando millonadas que apenas saber hablar y escribir jugaron a lo que siguen jugando todavía: a hacerse ricos y más ricos cueste lo que cueste. Pero la inmensa mayoría, vieron una oportunidad de ganarse la vida honradamente, trabajando, en otro sector. Y ahí siguen. Son la tercera vía, los que escapan de la turismofobia y de los defensores del bolsillo por encima de todo. Y son a los que hay que hacerles caso, porque el camino más corto para llegar a la turismofobia es dejarse llevar por los que no ven mal que la isla se convierta en un problema para sus propios residentes a cambio de unas monedas más para sus huchas dorada. Quienes llenan las filas de la turismofobia no son los que gritan desaforadamente contra el turismo sino quienes lo hacen a favor del caos a cambio de unas monedas.

La población de Lanzarote no ha llegado a la turismofobia todavía. Pero todo apunta a que si se sigue ignorando la realidad que se está viviendo, con una clara masificación turística y saturación residencial, el hartazgo será inevitable. El medido empobrecimiento de las clases populares, la entrada incontrolada de población con aspiraciones residenciales, que se arraiga en muy malas condiciones económicas y sociales, y la presión que ejercen ambos fenómenos en todos los servicios e infraestructuras de la isla no dejan espacio para la esperanza ni el optimismo.

En un sistema democrático, donde el gobierno insular y el de los municipios se eligen popularmente, parecería normal esperar un alineamiento de los políticos y autoridades locales con esos sentimientos populares. Pero, comprensiblemente, en una sociedad donde se han detectado comportamientos corruptos por los actores políticos, encarnados por un enjambre de listillos narcisistas sin preparación ni atisbo de ética alguna, han preferido abrazarse a las tesis de los depredadores más insolidarios y camuflarse como salvadores predicando una cosa y haciendo la contraria. No en vano unos han acabado ricos y otros en la cárcel.

El cortoplacismo de los nuevos ricos de Lanzarote, que salieron de la nada para convertirse en lo señores de la isla y en los enlaces del capital externo, convierten cualquier desencanto popular y daño al territorio en un sacrificio necesario, cuando no imprescindible, para poder vivir del turismo. Cuando la inmensa mayoría de los residentes dicen “más no”, los especuladores del sector utilizan la vaselina mediática para que sus “apadrinados” en las administraciones públicas acepten “un poquito más”.

Lanzarote todavía no es turismofóbica. Pero dejen que los perros del todo vale sigan ladrando a favor del caos que llegará. Mientras cuatro palurdos vecinos nuestros amasan más y más fortuna, el resto de los lanzaroteños ven empeorar su calidad de vida. Pero no te preocupes, que ya te harán llegar tus cuatro monedas. Serán ocho  (y el pago de la campaña) si ya gobiernas o te ven posibilidades de hacerlo pronto.

¡Suerte, conejero!

Comentarios  

#1 Lenguaje 21-03-2024 17:54
Yo tengo turismofobia. Cada vez que veo un turista me pongo a temblar, me entra un sudor frío y me dan palpitaciones.
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